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    Hace 22 horas

domingo, 21 de diciembre de 2008

Rafael Gutiérrez


Hoy no tenía pensado publicar nada, pero he sabido que un amigo sí quería publicar un texto de humor, pero a última hora se ha encontrado con una trágica noticia que le ha impedido cumplir con sus deseos, por eso intentaré aportar la dosis de humor de la que hoy, la red, se iba a quedar privada.

Perdonad la longitud de la historia, no estaba pensada para el blog, además no está terminada, pero creo que en el punto que la dejo es lo bastante “terminativo”.

Dedicado a Bolzano, con cariño. Espero que os agrade y os haga sonreír.

Rafael Gutiérrez.

La fiebre llevaba varios días consumiéndole, pero no se podía dar por vencido. Eran ya cinco las jornadas que habían transcurrido con él encerrado en casa y aún más los que la enfermedad llevaba alimentándose de sus energías. Algo de tos, un poco de fiebre al anochecer y que un antipirético cualquiera calmaba y, lo que en un principio no era nada, a base de ignorarlo, se había tornado en la actual losa invalidante. Todo empezó por no querer rendirse a la enfermedad. No quiso ceder su vida a la sintomatología que quería advertirle de lo que podía llegar y al final llegó. Ahora se consumía entre “febrígenas” tiritonas que ningún remedio casero lograba calmar.

Maldijo el día en que cambió de casa para marchar a aquel lugar donde nadie le conocía. Maldijo el día de su jubilación, el de su divorcio y, de paso, el plato de fabada enlata que se comió el jueves y que, aún subía y bajaba en su interior, cinco días después. Y, cómo no, maldijo a la seguridad social porque le daba lo mismo dónde viviera, la respuesta siempre sería la misma: “venga a la consulta, el doctor no puede desplazarse hoy”. “Mierda de dinero tirado a la basura por una sanidad tercermundista”, se dijo.

En esas circunstancias, lo más fácil, era ver la sombra de la Parca a los pies de la cama afilando su guadaña. Pero, a sus sesenta y ocho años, su instinto de supervivencia permanecía intacto y no podía, ni quería, permitirse el lujo de morir. Tenía algo mejor que hacer: vivir. “Vivir de una puñetera vez”, como le gustaba repetir… al espejo. Porque el espejo era el único, que de unos meses a esta parte, estaba dispuesto a escucharle. La decisión de ir hasta el centro de salud estaba tomada. Sin embargo, cinco días totalmente postrado, no sólo le daban muy mal aspecto, eso era normal y admisible por su enfermedad, sino que también le producían un terrible olor… hedor… pestilencia. Y él no estaba dispuesto a que ninguna bruja cotilla y “destripamomias” le señalara con su mirada rapaz, para tacharle como el típico hombre que vive solo y no sabe ni limpiarse detrás de las orejas.

Después de un millón de maldiciones en el proceso de arrastrarse hasta la ducha, por fin llegó una bendición: la del día que decidió ponerse aquella carísima ducha de hidromasaje con asiento. En su estado, hubiera sido poco menos que imposible permanecer de pie durante todo el proceso.

La ducha, ropa limpia y un poco de colonia y, su aspecto de enfermo, quedaba algo más digno. Con respecto a su barba de una semana, poco se podía hacer. En su estado, de proceder a afeitarse, el resultado podía ser digno de una película de terror. Nunca adquirió una maquinilla eléctrica, pero hacía años que no se afeitaba con su navaja barbera, aún así, las maquinillas desechables aún eran una mala opción. Con todo, pensar en ello le hacía gracia, a pesar de la fiebre, o tal vez por ella. Recordaba como los anuncios de esos productos habían ido evolucionando y, daban por cierta la idea de que más hojas cortantes implicaban un mejor apurado. Así su imaginación desbordante le hacía pensar en la “nueva maquinilla Filomena con treinta hojas que le dejan el hueso de la mandíbula más suave”.

Si al principio le había sido difícil sostenerse erguido, con el paso de los minutos había logrado dominar ese arte. También eso le procuro una sonrisa de optimismo. Se imaginaba a sí mismo como un bebé dando sus primeros pasos. “¿Dónde se guardará ese día?”, se preguntó.

Salió al rellano de su escalera y el ascensor, como de costumbre, estaba abierto en el cuarto. Podía escuchar a la bruja de doña Emilia, una solterona de más de setenta años (por mucho que ella los negara) y a la que Dios había dado la lengua más resistente de la historia. Desde hace bastantes años, según le habían contado, siempre le acompañaba un perrito que utilizaba para capturar a sus víctimas bajo su muralla de palabras aburridas. Y, como es de imaginar, una vez uno es atrapado, es terriblemente difícil deshacerse del lazo dialéctico… perdón, “monologuético”; de una solterona aburrida y con la pretensión imposible de ser encantadora… o, tal vez, sea sólo puro sadismo por su parte.

Como en su estado no podía esperar a que doña Emilia rematara a su pieza, ni tampoco darse el lujo de bajar dos pisos, más el principal, andando, optó por golpear la puerta metálica del ascensor. La susodicha gritó “¡ya va!” varias veces y, al poco, el ascensor estaba en su planta, pero con lo que se le antojó una jauría de hienas dispuestas a despedazarlo: doña Emilia y su chucho faldero.

--¿Tiene mucha prisa señor Gutiérrez?

--No señora, es que disfruto incordiando a los vecinos.

Tan pronto lo hubo dicho, Rafael Gutiérrez se arrepintió de haber abierto la boca. Cuando uno no tiene ganas de hablar, ni de escuchar como habla esto, lo último que debe hacer es lanzar una puya a doña Emilia.

--Me alegro de tener vecinos con tan buen humor. Por cierto, ¿se está dejando la barba? ¿Sabe una cosa? Precisamente hace un par de días, la señora Solá, la del cuarto segunda, me decía lo atractivo que era usted y lo elegante que iba siempre ¿No sé qué dirá de su barba? Claro que…

(NOTA DEL TRANSCRIPTOR: Los signos de puntuación en este diálogo son una cortesía mía, porque la señora Emilia no necesita tomar aire y habla a velocidades que superan la capacidad humana habitual).

Bla, bla, bla… la muralla de palabras aburridas se había desplomado sobre el pobre Rafael y estaba a punto de aplastarle. Que su maldito chucho no parara de hurgarle la entrepierna con el hocico, era una menudencia frente al terrorismo neural de su ama. Así que, tan pronto se abrió la puerta automática de la cabina, Rafael hizo uso de todas sus energía para escapar a aquel abrazo ofídico de palabras.

--¿Dónde va señor Gutiérrez? ¿Ha dicho algo? ¿Adiós? ¿Señor Gutiérrez…?

Doña Emilia era uno de los puntos negros de su domicilio, pero, la proximidad del ambulatorio de la seguridad social, era un punto positivo del que ahora se alegraba.

Antes de que le recibiera el médico de guardia, tuvo que esperar cerca de dos horas. En ese tiempo, la fiebre subió de nuevo. Así, cuando le llamó la enfermera, estaba medio transpuesto y apenas pudo hacerse notar. De hecho lo hubiesen dado por ausente de no crear una gran impresión a todos los presentes. Fue al intentar levantarse de forma precipitada que su cuerpo dijo no. Entre varios le ayudaron a levantarse, incluso el doctor salió de su habitáculo para atenderlo. Su estado volvía a ser “sensiblemente lamentable”. Por eso, veinte minutos después, recuperó la totalidad del conocimiento en una ambulancia y camino del hospital. Un lugar donde podrían hacerle una exploración de urgencia con la adecuada profundidad.

1 comentario:

Bolzano dijo...

Gracias por la dedicatoria. Viene bien leer relatos como estos.

Creo que el señor Gutiérrez quiere más texto. A ver si te animas; y la vecina por descontado que quiere más texto, aunque se puede hurgar en otros pisos que seguro que encontrarás variopintos vecinos.