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    Hace 22 horas

jueves, 13 de enero de 2011

La mierda

Tan pronto como le anunciaron la llegada del juez, Javier Parralo salió del bar para ver a quién le habían asignado esta vez. Para ello engulló de un trago los dos dedos de cortado que le quedaban y, antes de traspasar totalmente el umbral de la puerta, ya estaba poniéndose un cigarrillo entre los labios. No le sorprendió ver al juez Quintanilla, sólo él podía hacer esperar a un cadáver tres horas en plena calle. Era un hombre más meticuloso con su trabajo que con su vestimenta. Una persona que aparentemente no se inmutaba ante nada y… un “tocacojones” sin igual.

--Me alegro de verle, inspector Parralo ¿Supongo que tenemos algo interesante?

--¡Buenas tardes señoría! Pero me temo que sólo hablamos de un accidente.

--¡Caramba! –Dijo el magistrado con fingida sorpresa-- ¿Y para un accidente envían a todo un inspector? ¿Qué ya no hay homicidios como Dios manda en esta ciudad? –Rió tapándose la boca con teatralidad--.

Endelecio Quintanilla hizo levantar la manta que cubría el cadáver. Enseguida lo observo con detenimiento y también la escena en conjunto. Después levantó la mirada y la enfrentó con descaro a la de los curiosos que se arremolinaban unos metros más allá. Para muchos fue suficiente para obligarles a ahuecar, pero para demasiados el morbo pudo más.

El juez llamó al inspector que se había alejado unos metros.

--¿Ya han acabado los de la científica?

--¡Sí! –A pesar de lo escueto del monosílabo Quintanilla percibió un deje de duda--.

Cuando Quntanilla miró directamente a los ojos del inspector, este tragó saliva temiéndose lo peor.

--A ver, señor Parralo , explíqueme los hechos.

--Bueno… --empezó dubitativo—el hombre era ciego y resbaló con un excremento y se partió el cuello. Vamos, lo que se dice un desgraciado accidente.

--Error, inspector.

--¿Qué?

--Fue homicidio. Homicidio involuntario.

--¿Cómo?

El juez le regaló una amplia sonrisa de hiena antes de explicarse.

--¿Se pueden dejar los excrementos en la vía pública?

--¡No! –Aceptó Parralo con rabia--.

--Pues el “accidente” ha tenido una causa indebida y esa causa indebida, como es producto de una ilegalidad constituye un acto criminal. Sin embargo, como el acto criminal no ha tenido la voluntad de causar la muerte de la víctima, vamos a considerarlo un homicidio involuntario.

Como el inspector había quedado totalmente mudo, fue el propio juez el que preguntó por alguien de la científica. Afortunadamente Parralo no le había dejado marchar. No se fiaba ante la posibilidad de que pudiera pasar algo así. Finalmente la prudencia de este, y que tanto había maldecido la doctora Eva Conti, le había librado de tener que desplazarse de nuevo al lugar de los hechos.

--¿Qué ha hecho hasta el momento, señorita?

--He determinado que está muerto –dijo ella con fingida indolencia--.

El juez se giró hacia el cadáver teatralmente.

--¡Cielos! Casi no me había dado cuenta. Tiene que haber sido un difícil trabajo.

Eva resopló hacia arriba levantando su largo flequillo de una forma cómica.

--Señorita, esto es ahora la escena de un crimen. Recoja todo lo que suponga un indicio o una posible prueba. Buscamos a un homicida.

--¿Un chihuahua o un podenco? –Replicó Eva con sorna--.

--No, señorita. Nuestro homicida tiene dos patas. El perro sólo es el arma del crimen y, haciendo un símil, la mierda sólo es la bala que acabó con la víctima. Así que fotografíe, etiquete y saque muestras de todos los disparos. Tal vez algún otro casquillo nos dé más pistas sobre el culpable.

--¡Vaya mierda de trabajo! –Volvió a replicar la joven doctora.

El juez se marcho riendo con ganas, pero antes entregó a Parralo los documentos pertinentes para que pudiera levantarse el cadáver en cuanto la doctora lo permitiera.

******

El doctor Luján hacía solo tres meses que había llegado como jefe del departamento de la policía científica en la ciudad y ya gozaba de la enemistad de todos sus subalternos. Bien, de todos no. Eva Conti era la excepción, pero sólo porque Enrique Luján era médico como ella y él la trataba con algo menos de desprecio que a los demás. Por otra parte ella estaba acostumbrada a un desprecio mayor dentro de una familia de abogados. Su madre y sus dos hermanos eran abogados, su padre era juez y su abuelo, que aún vivía, había sido notario. Así que Eva, en las bochornosas comidas navideñas, en lugar de recibir halagos por su brillante carrera de patóloga, era despreciada. Con que gusto les pondría en los platos el contenido de todas las muestras que se estaba viendo obligada a analizar.

--¿Hasta dónde has llegado? –Pregunto su jefe señalando la fila de pequeños contenedores que tenía delante.

--He realizado un primer descarte de quince de las veinte muestras porque contienen subproductos muy diferentes del de la muestra original, pero a esta aún me falta terminar de verificar si existen rastros de ADN.

--Bueno… --dijo Luján fijándose en la muestra que tenía etiquetado el número 1— no creo que encontremos ADN de nuestro perro a no ser que tengamos algún pelo.

--Pensé que quizá en el esfuerzo hubiese podido arrastrar alguna célula epitelial del entorno del esfínter.

--Pudiera ser, pero es poco probable. El animal debía comer demasiados hidratos de carbono. Seguramente arroz. Y eso hace que, tras un cierto tiempo, la flora bacteriana típica de un carnívoro, se vea alterada y el excremento sea muy acuoso. Casi como una crema. Si lleva años con esa dieta no me extrañaría que el animal estuviese medio ciego por el continuado exceso de azúcar en la sangre. De todas maneras investigamos un asesinato.

La última frase la pronunció en tono de burla.

--Pero si la flora bacteriana está estropeada la digestión no se habrá completado y tendremos residuos de alimentos más claros –apuntó Conti-- ¿No?

--Buena apreciación. Y eso siempre puede ayudar a encontrar al animal. Tendremos ADN de pollo, ternera…

La máquina que extraía las trazas de ADN sonó con un brusco pitido que sobresaltó a Enrique cortándole en mitad de la frase. Eva agarró la hoja que salía del aparato y ya al primer vistazo puso cara de sorpresa.

--¡ADN humano! –Pareció terminar Eva la frase de Luján--.

*****

Solo media hora después el inspector Parralo estaba en el laboratorio intentando comprender lo que le estaban diciendo.

--Así quieren decir que la caca no era de perro sino de persona.

--No --insistía Eva exasperada--.

--¿Entonces?

--El perro se había comido a una persona.

--Así… me dice que ha encontrado ADN de perro y de persona.

--Bueno de perro no.

--¿Entonces cómo sabe que era una caca de perro?

--Eso se sabe.

Eva estaba tan furiosa que no se había dado cuenta de que hablaba a gritos y, entre tanto, Enrique Luján miraba la escena divertido. Cuando se hicieron unos segundos de silencio para que todos pudieran tomar aire, el inspector meditó sobre todo aquello.

--En resumen: tenemos una supuesta mierda perruna que contiene el ADN de un hombre y que, además, ha sido el elemento desencadenante de la muerte… --aquí el inspector hizo una pausa recordando las palabras del juez y que decidió ignorar con cierta rabia—accidental de otro.

--De hecho era una mujer.

--¿Cómo?

Al ver que lo más duro había pasado, Enrique Luján intervino con la veleidosa idea de atribuirse parte del descubrimiento.

--El ADN contenía los cromosomas XX.

Pero el inspector no estaba dispuesto a dejarse impresionar por el doctorcillo. Además, era consciente del poco habilidoso esfuerzo de la doctora Conti por explicarle lo más complicado y como el día anterior se había “currado” lo peor del caso.

--Supongo que todo esto quiere decir que ya está hecha la autopsia del ciego.

--El ciego murió al golpearse en la caída…

El que ahora se puso rojo de ira fue el inspector. La voz con que se dirigió al flamante jefe del laboratorio científico era difícil de definir, pero era todo menos bonita. A pesar de la vena hinchada en el cuello de Lujan, el color carmín de su cara y los ojos inyectados en sangre, se escuchó con un volumen contenido, casi bajo y un tono agudo que provocó el pánico en el forense.

--Supongo que eso quiere decir, estimado doctorcillo, que el homicidio involuntario ha perdido importancia ante la nueva evidencia. Así que no va a hacer la autopsia aunque luego no tengamos ninguna prueba válida para llevar a un supuesto juicio.

Luján desapareció camino del depósito con una premura más propia de una película de dibujos animados que de un ser de carne y hueso.

Cuando Parralo recuperó la compostura se percató de que había más personas en su entorno. Todos los empleados del laboratorio se habían acercado desde las diferentes salas y le estaban brindando una alegre ovación.

¿Debo seguir con el caso y descubrir al mayordomo… digo… al asesino? ¿O mejor lo dejo?

Imagen tomada de http://elrincondelascuatropatas.com

2 comentarios:

xrisstinah dijo...

:-)))

Carlos Galeon dijo...

Te felicito por el relato; ameno, curioso,y divertido.
Saludos, y un abrazo.