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jueves, 18 de agosto de 2011

Paul Preston vs Stanley Payne.


Leer libros de historia de España, en especial todo lo referente al siglo XX, puede ser una tortura o incluso un desgraciado fracaso. Es cierto que a lo largo de la historia universal se da como buena la máxima de que son los vencedores los que escriben la historia, pero en nuestro país, además, se han inventado el pasado. Pero hablando de vencedores, lo que realmente se llaman vencedores, en nuestro país solo ha existido uno: la iglesia católica. Los Austria dieron paso a los Borbones, los Carlistas a los isabelinos, los absolutistas a los liberales, los liberales a los conservadores y estos otra vez a los liberales… alternándose hasta el golpe represor de Primo de Rivera. A este último le arrebató el poder su propia ineptitud y de ahí los monárquicos tuvieron que ceder el poder a los republicanos, y a estos se les fue de las manos entre el populismo y el fascismo. Un fascismo que se fue transformando hasta la muerte de Franco para dar lugar a algo que solo el futuro podrá definir. Pues bien, a lo largo de todos esos cambios solo una cosa permaneció estable en el poder, salvo en los territorios republicanos, y solo mientras duró la contienda civil: la iglesia católica. Visto así, la historia de España es la historia de esta religión, pero que como vencedora todos los textos están escritos por ella.

Durante la Edad Media toda Europa quedó sumida en una contumaz persecución de los documentos que no convenían a ese gran poder emergente. La península ibérica, aunque ya había sido dominada por la fe romana, había perdido ese territorio en manos de otra fe: la islámica. Pero la iglesia cristiana, aunque no poseía soldados propios, se hizo con el espíritu de un pueblo llamado a dominar toda Europa: los francos. Carlos Martel termina demostrando que es el gran líder y, aunque en un principio se enfrenta a diversos obispos, cuando finalmente usurpa el poder tiene a la iglesia de su lado. Tanto es así que su hijo Pipino el Breve, acude en ayuda de Roma frente a un pueblo realmente peligroso: los lombardos. Por este hecho se convierte en rey de los Francos, aunque, sobretodo, se abre una nueva senda para su estirpe. Esa senda acaba en su hijo, el gran Carlomagno que sería convertido en emperador del Imperio Sacro Romano Germánico (el II Reich). Si su abuelo había frenado las incursiones árabes más allá de los Pirineos (a pesar de la indolencia de los reyes holgazanes), él planteo asegurar sus fronteras dando lugar a la Marca Hispánica. Los Pirineos, después de las victorias de Carlos Martel, se convierten en una barrera natural que ningún gran ejército musulmán osa volver a superar. Solo se observan pequeñas incursiones que permiten ubicar población en los valles de ambas vertientes. Para algunos aquello es territorio andalusí, para otros es del reino franco, pero lo cierto es que allí solo habitan campesinos armados sin patria ni fronteras. Con Carlomagno se dan incursiones cristianas que ahora son los sarracenos quienes han de frenar. Pero se da la casualidad de que hacia el oeste, la revuelta que algunas décadas antes había liberado grandes extensiones de territorio a orillas del Cantábrico, estaba distrayendo muchas de las fuerzas del Califato. Pero Carlomagno tenía un plan que, posiblemente no fuera del todo suyo. Para ello edificó en los valles del sur iglesias y templos por donde la orden dominicana se extendió. Esta orden era puntera en la copia de libros y en los estudios teológicos, lo que sirvió para cultivar a unos poblaciones bárbaras y generó una mayor afinidad hacia la fe cristiana y una aversión, casi definitiva, hacia el islam que, a la postre, sería definitiva en el curso de la llamada Reconquista. Entre los templos que los dominicos construyeron en el avance hacia el sur de la Marca Hispánica, destaca el de Ripoll que se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de Europa en aquella época.

Desde aquel momento, muchísimos años antes del nacimiento de ese estado al que hoy llamamos España, la iglesia católica ya no perdió ninguna guerra más dentro de la península ibérica. Puede que alguna batalla sí, pero sería difícil encontrarla, sobre todo cuando a partir de ese instante será la propia iglesia la que suministrará todos los utensilios que escribirán nuestra historia.

Tras trece siglos ejerciendo el poder no es de extrañar que hoy, a todos los que profesan el poderío de la fe romana, les cueste tanto renunciar a todo. A pesar de que las palabras de sus evangelios citan a Cristo diciendo “al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”, no parecen tener muy claro cuál es su sitio. A fuerza de ser Cesares han perdido significado de su fe. Así vemos como hoy, cuando ya hay más bodas civiles que religiosas, siguen esgrimiendo la supremacía de su fe, para adueñarse de parcelas de poder que no les pertenecen… y del dinero. Para ellos la evidencia no existe y siguen vistiendo estadísticas falseadas y apoyando lecturas que explican el pasado desde una perspectiva igualmente falseada. Claro que la iglesia también ha tenido algunos adalides responsables, como el cardenal Tarancón, que en pleno franquismo se atrevió a pedir perdón por la colaboración que tuvo la iglesia con el sanguinario dictador, para conservar sus garras aferradas al poder.

El drama de todo esto es que, ya con Primo de Rivera, la derecha española se asoció con los príncipes de la iglesia (siempre hubo y habrá pequeños párrocos y sacerdotes, meros soldados que viven en el pueblo y para el pueblo) y, además de formar parte de las confabulaciones por obtener más poder, crearon una escuela de manipulación histórica.

La República permitió que una enorme cantidad de eruditos empiecen a escarbar entre las falsedades que habían escondido nuestro verdadero pasado. Pero el franquismo actuó con contundencia y formó equipos de arquitectura histórica para crear una nueva historia afín a sus ideales… y a los de la iglesia. Entre los primeros obreros de esa manipulación, Franco contó con Manuel Aznar, abuelo del expresidente del gobierno español. Pero con Franco hubo tiempo de crear escuela, una escuela que, como es lógico, no moriría con Franco.

Al final de la dictadura la imagen más relevante en el ámbito de ese “revisionismo histórico” (como le gusta llamarle a algunos, yo prefiero llamarle simplemente falsificación histórica) tiene un líder en la figura de Juan de La Cierva (padre de la enciclopedia “Historia de España” que editó Salvat durante la dictadura y reedito, ampliada, a principios de la “democracia”). Porque uno pensaría que con la muerte del generalísimo los libros de historia, automáticamente, pasarían a estar escritos conforme a como estaban antes del franquismo. Pero 40 años de azarosa investigación histórica no podían acabar así. Más aún cuando en la redacción de la nueva democracia estaban muy presentes las cabezas pensantes de la etapa dictatorial anterior.

Posiblemente los historiadores de siempre, que no habían desaparecido a pesar del dominio político de los “neohistoriadores”, retomaron sus carreras para, poco a poco ir limpiando las leyendas y los documentos. Por su parte, la división de España en Comunidades Autonómicas, facilitó la aparición de libros de texto donde la historia se centraba en los relatos de otras naciones de “las españas”. Sin embargo el revisionismo franquista, que había conquistado puestos de poder durante una larga etapa, difícilmente iba a ser sacado de ahí. Como un ejemplo más de la fuerza de estos personajes tenemos al propio Ricardo de la Cierva ejerciendo de ministro de cultura en un gobierno de la UCD.

Desde entonces cada texto de historia serio ha sido implementado por uno de la historia bufa de De La Cierva y sus secuaces. Con el tiempo los nombre cambian, así hoy tenemos al exterrorista Pío Moa que abandonó el marxismo revolucionario por este revisionismo casposo, y al ultracatólico César Vidal , muy hábil y serio en ocasiones, lo que le da prestigio, pero capaz de producir un libro de propaganda al mes. Hay más, muchos más, pero sus nombres no son tan conocidos, aunque las puertas de algunas editoriales están bien abiertas para ellos. De hecho, en nuestro país, de esta historia defectuosa se escriben publican más libros que de ninguna otra temática. Hasta personajes con tan fatuos conocimientos históricos como el iracundo Federico Jiménez Losantos, tienen bula para soltar sus arengas de historia ficción. Por el otro lado también hay historiadores que pierden el tiempo intentando rebatir todas estas argumentaciones.

Sea como fuere en España se ha adquirido la costumbre de argumentar con muy poca base documental y sin tener en cuenta la visión de las gentes de tiempos pretéritos, dándole a los hechos acaecidos en tiempos remotos una visión totalmente actual que, de seguro, no tuvieron. Historiadores y escritores de muy diferente índole como Javier Tusell, Fernando de Orbaneja, Julio Cortazar… han intentado, con solo un relativo éxito, encauzar la historia hispánica. Pero resulta que la historia de la piel de toro, incluso mucho tiempo antes de aflorar el nombre de España, ha quedado en entredicho por sus reiteradas manipulaciones. Así que no ha quedado más remedio que dejar la credibilidad de nuestra historia en manos de autores extranjeros que de alguna manera se sientan menos influenciados por las tendencias emocionales de los textos.

Sin lugar a dudas el francés Pierre Vilar es el más valioso pilar para trazar el esqueleto de nuestra historia contemporánea. Pero algunos lo ponen en duda por ser el enviado especial, en tiempos de la Republica, de un periódico francés en España. Afortunadamente son solo voces sin suficiente prestigio y podemos aceptar la obra de este historiador como el “cogito” en la nueva estructura cartesiana de nuestra historia contemporánea. Así mismo, aunque con algunos reparos, Hugh Thomas, Ian Gibson, Raymon Carr y Paul Preston (la escuela inglesa) han terminado de reconstruir esa parte sórdida de nuestro ayer y aún se han atrevido a bucear en épocas más lejanas de nuestro pasado. De hecho Hugh Thomas ha tratado el tema de la conquista y el colonialismo en América con bastante profundidad.

Pero, por el título del artículo, es Paul Preston el que nos interesa ya que en los años sesenta vino a España como un joven interesado en la historia española y el propio Ricardo de la Cierva lo cogió bajo su ala protectora pensando en hacer de él su adalid de la nueva historia. Sin embargo también le abrió las puertas de la documentación que hoy se oculta en la Fundación Francisco Franco, de la que tomó buenas notas que le guiarían en sus investigaciones futuras. Grande fue la decepción del español al ver que Preston no se vendió a sus amables modos y consideró que el inglés se había aprovechado de él. A De La Cierva le costaba entender eso porque años antes con Stanley Payne la cosa había sido muy diferente, y eso que el norteamericano venía influenciado por los exiliados que le habían animado a especializarse en el hispanismo. Con Paine no se atrevió a abrir las puertas del Santo Sanctorum pensando que era más libertario, con el inglés le pasó lo contrario...Con todo, el problema del norteamericano no está tanto en tener una educación conservadora, sino el de pedir los documentos de estudio a bases de datos y amigos sin ningún tipo de contrastación. Por ejemplo, en su famoso libro “El catolicismo español”, el grueso de la documentación fue facilitada por la Conferencia Episcopal Española. Aunque diéramos por hecho que esta fuente no supone ningún tipo de censura informativa, ni manipulación conocida, la obligación de todo autor en un tema donde va a hablar de una fuerza aún viva, es buscar contradicciones y fuentes que rebatan los datos obtenidos. El resultado final de ese libro, comparado con el conocimiento que tenemos por el mero hecho de vivir en este país, ya produce una cierta hilaridad. Por eso que Payne sea hoy miembro de la Real Academia de la Historia de España y se permita hacer críticas a ese otro autor (Paul Preston) que pone en duda cada documento que cae en sus manos y así lo manifiesta en sus obras, parece ridículo. Si pensábamos que solo los hispanistas nacionales pueden estar afectados por la significación ideológica de nuestra historia, ya vemos que en la figura de Stanley Payne también eso es posible para un hispanista foráneo. Y es que la historia de nuestro país parece ser la más difícil de todas las historias, ya que un mismo hecho o documento, puede dar lugar a un infinito número de explicaciones, interpretaciones o justificaciones… ¿No sería mejor que a la hora de escribir historia nos cerniéramos a averiguar si los documentos que barajamos son buenos o manipulados? Seguro que seríamos más conscientes de nuestra realidad. Entre tanto sería mejor que dejáramos de publicar a autores que no nos pueden aportar nada, como Stanley Payne o, en una medida más caricaturesca, Pío Moa. La verdad es que la obra de Víctor Mora (El Capitán Trueno) contiene más y mejor historia que la de estos señores.

Imagen tomada de www.elconfidencial.com

4 comentarios:

Vicent dijo...

Agradezco algunos comentarios de felicitación por este artículo realizados en lenguas no peninsulares. Desgraciadamente no van a ser publicados ya que la norma es publicar solo aquellos que estén escritos en castellano o catalán (únicas lenguas que domino con suficiente soltura).

Anónimo dijo...

Hola, estoy de acuerdo con tu crítica a Stanley Payne. Y por supuesto con la de Pío Moa también. Éste no es, ni siquiera, historiador, como mucho pasaría por novelista. Lo que yo encuentro realmente preocupante en todo esto, es que permitamos en este país, que cualquiera se autoproclame historiador y diga la suya. Debería tenerse muy claro quién es quién y cuál es su trabajo, porque los hay que en cualquier otro país con una tradición historiográfica más decente, no serían ni escuchados.





Estudiante de historia.

Anónimo dijo...

Creo que muestras una opinión totalmente parcial al poner en duda la obra de Stanley Payne. Sin duda este señor es un notable y prestigioso historiador y tus comentarios despectivos hacia él, no son más que prejuicios ideológicos hacia su forma de pensar. Está claro que Stanley Payne no sigue los mandamientos doctrinales de la cancerígena ideología de lo políticamente correcto. Ese "buenismo" ideológico tergiversa y reescribe a su antojo la historia peligrosamente, con el único fin de adoctrinar en el pensamiento único a las nuevas generaciones, que obviamente desconocen el pasado.

Un saludo y gracias por atender mi comentario.

Vicente Salinas dijo...

Es cierto que pongo en duda la obra de Payne, pero los argumentos no son míos (apenas he leído un par de libros de este señor), sino de historiadores con un prestigio bastante menos controvertido que el suyo. Sin embargo, por lo poco que he leído si que he podido comprobar la nefasta discriminación que este señor hace de la información y la baja comprensión que tiene de algunos fenómenos históricos sobre los que habla. La única parcialidad existente es hablar de prestigio sobre los trabajos de los últimos 20 años de este señor. La historia no admite matices que no estén documentados esta lo lleva muy bien Payne, pero tampoco se permite la omisión de documentos que puedan poner en tela de juicio tus teorías, y esto si que no lo acostumbra a tener en cuenta. Por otro lado cuando accedes a un único fondo documental debes asegurarte que parte de este no esté manipulado. Sobre el fondo documental al que nos referimos nunca se ha permitido un análisis imparcial que valide todos sus elementos. Más aún cuando históricamente tenemos constancia de muchas alteraciones realizadas por algunos de sus primeros miembros.
Stanley Payne lejos de ser una autoridad en lo que se refiere a la historia de España, nos es más que un señor con nombre extranjero que valida el guión establecido por el grupo historietográfico fundado por el abuelo del expresidente Aznar y dirigido por Ricardo de La Cierva.
Que esta crítica es muy parcial... puede. Aunque su manera de contar la historia de España no lo es menos y de lo que podemos estar seguros es que sus errores y sus vacíos son determinantes.