
Seguramente la mayoría de vosotros ya conocéis esa serie de humor llamada “Museo Coconut”. Las tonterías surrealistas producto de las relaciones entre unos personajes muy extraños son la base del programa. Pero en el fondo subyace un escenario por el que pasa una interpretación, en ocasiones muy real, del arte abstracto. De hecho esa parte no es más que el fiel reflejo del debate existente durante los últimos 100 años, sobre dónde empieza y dónde acaba el arte. Antes, incluso, ya se puso en tela de juicio a muchos artistas por no seguir los cánones establecidos por las escuelas predominantes en cada momento… y eso que el arte figurativo puede parecer más sencillo.
No escapa, pues, ni al más tonto, que en muchos momentos los artistas abstractos han sobrevivido gracias a la amistad con críticos y otros artistas. También ha sido vital para la supervivencia del arte de lo ininteligible, el uso y abuso de técnicas publicitarias. Tanto es así que muchos de estos artistas han recurrido a escenografías, en su vida real, para dar a conocer su nombre. Encerrarse en un hotel y pintar las paredes, tomar un edificio, lanzar soflamas provocadoras e incluso racistas en un lugar público, vestir de forma llamativa, insultar, desnudarse… cualquier cosa que logre que los medios de comunicación, verdaderos dioses y jueces de la actualidad, hablen de ellos. El arte, finalmente, pasa ser algo secundario.
Con todo esto, no es extraño que aquellos que desean una vida fácil recurran a los mismos argumentos y se llenen las televisiones de soflamas pueriles y de personajes fatuos que terminan hablando de lo que realmente importa sin conocimientos de causa ni pudor por la ignorancia. Así la televisión en nutro país a comienzos del siglo XXI, está dominada por un plató lleno de personajes sin vergüenza que se gritan, entre insultos, sus trascendentes opiniones superficiales. Y a eso, algunos, le llaman periodismo, quizá para no mancillar al arte que lo parió. Entre tanto, los artistas que enjendraron este absurdo invento, mudan sus estatuas informes a espacios más acordes y olvidados. Han perdido su momento.
Como estos, la literatura también tuvo sus momentos de locura. Quien no piensa en los esperpentos de don Valle-Inclán o se acuerda del libro aparcado de Paco Umbral. Que ya en el siglo de Oro los Quevedo, Góngora y Lope de Vega se dieron estopa por un lugar en el cielo. De estas, y no de las otras, cree alimentarse el insigne Pérez-Reverte. Como los que no hablan, sino gritan, el escritor fue periodista, pero él sufrió el infierno de los más sórdidos lugares de la tierra: las guerras. Mojando su pluma en la sangre de la brutalidad humana, nació su obra destinada a la redención. Pero no pudo resistirse el autor al endiosamiento del poder que da ser oído, ser autoridad y llevar un enorme bagaje encima que te hace creer que ya sabes todo lo que importa en la vida. Y embutido en este nuevo traje de Dios entre los burros, ya se cree en el derecho y obligación de arrastrar en los lodos de la lengua a todo aquel que se le ponga a tiro. Así, con razones y sin ellas, lo importante es demostrar la enorme capacidad para el insulto perlado de una excelsa gramática y correcta ortografía. Parece que en sus manos, si uno es portador de la rectitud que otorga la RAE, tiene derecho a propinar, a todo el que se le oponga, un mamporro verbal y escrito.
No me preocupan ni Jorge Javier ni la Esteban, acotados en la pantallas de la insustancial televisión privada. Me preocupan más los sabios perdidos que se dejan llevar por la pasión del insulto enlucido, pero tan fatuo y vano como el comentario tertuliano de un cerebro frito por la coca.
Todo vale, en el amor y en la guerra, pero de las batallas más sucias nunca saldrán indemnes las alas más tristes.
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