lunes, 27 de julio de 2009

Tres tipos con clase (VII)



Como alimentar a Santa era algo carillo, una vez ubicados en el nuevo local, pidieron una botella de ponche de Jerez y dos vasos. Para Baltasar que seguía en estado casi catatónico por efecto de los calmantes, el batido de chocolate que le pusieron podía durar toda la noche.

--Si no teníamos bastante con nuestros pecadillos habituales, ahora nos lanzamos al alcohol –dijo Papá Noel mientras echaba cuello abajo su tercera copa--.

--Después de todo vamos de paisano. Si nos acercáramos a aquellas bellas damas. Para hablar, claro está. No podrían reconocernos.

--Sí... para hablar... está claro. Pero resulta que yo ya tengo señora para hablar.

Baltasar hizo un ruidito que podía entenderse por una carcajada y un goterón de batido le saltó de la boca debido al bajo control muscular que tenía con el Valium. Sin embargo sus ojos empezaban a mostrar un cierto brillo de vida. Tragó con dificultad y asomándose a una sonrisa divertida dijo:

--Un yonqui y dos borrachos de putas ¿Quién dice que ya no existe la Navidad?

Sus compañeros no pudieron evitar romper a reír, sin poder evitar atraer todas las miradas. Sobre todo la brutal ordinariez de las carcajadas de Santa. Cuando empezaron a calmarse Gaspar miró a Baltasar y este con un gesto de aceptación se dirigió al gordinflón:

--Creo que te debo una disculpa.

--No te preocupes, me hago cargo de las circunstancias.

--Eso quiere decir que aceptas mis disculpas.

--Por supuesto.

La paz y la alegría se vio interrumpida por el personal de seguridad del local que, bastante fura de tiempo, vino a llamarles la atención.

--Disculpe oficial –se dirigió Gaspar con sorna al guarda de seguridad--, no nos habíamos percatado de que estábamos en una biblioteca. Cuando nos terminemos esta enciclopedia –señaló la botella de ponche-- nos marcharemos a un lugar más adecuado.

El guarda de seguridad se puso completamente rojo y agarró por la pechera a Gaspar dispuesto a agredirle.

--Muchachito –dijo Santa con suavidad--, que tu novia te haya planteado un ultimátum no es excusa para que cometas ahora un flagrante abuso de autoridad que a la postre te costará muy caro.

El segurata soltó al Mago para encararse a su gordo acompañante.

--Oiga viejo, ¿qué sabe usted de mí? y ¿por qué habla tan raro?

--Sé que si no dejaras tu ropa tirada por ahí y no fueras tan guarro, tu novia no se hubiera visto obligada a plantearse a abandonar al futuro padre de su hijo.

--¿Qué está diciendo? – Dijo el uniformado con enorme sorpresa--.

--Que está embarazada y no quiere que el padre sea incapaz de ser un buen ejemplo para la criatura. Mi consejo es que te comportes con ella y seas un buen padre.

Ante el estupor paralizante del muchacho, Baltasar se metió una mano en el bolsillo y le alargó un estuche.

--Dale esto y cumple con sus condiciones. Aún podéis ser muy felices.

El guarda de seguridad abrió el estuche y vio un sencillo anillo de pedida que, sin lugar a dudas, sería la admiración de cualquier muchacha casadera.

--Te quedan dos horas de trabajo –siguió Gaspar--, piensa en todo lo que tienes que hacer para convencerla y cuando mañana te mire con esos ojos de asentimiento que saben poner las mujeres, le pides en matrimonio. No podrá decir que no, pero tú tienes que estar a la altura en el futuro. ¡Se un buen marido y sobre todo, se un buen padre!

El guarda introdujo el estuche en un bolsillo, dio dos besos a cada uno de los tres compañeros de mesa y se retiró a un rincón. Con la música ambiental nadie escuchó la conversación, pero todo el mundo se quedo sorprendido ante el espectáculo que habían visto. El dueño del local salió para hablar con el guardia de seguridad, pensando que, tal vez, había sido sobornado.

Baltasar se dio cuenta y con una habilidad propia de una sombra, en dos zancadas suaves, se plantó entre los dos hombres. Nadie hubiera dicho que aún seguía algo aturdido por la ingesta de medio tubo de calmantes.

--¿Sucede algo, señores?

A pesar del tono servicial, la interrupción del enorme nubio sorprendió a ambos. Sorpresa no era la palabra, realmente les paralizó de pánico.

--No... no... –Logró tartamudear el dueño del local que ya no pensaba en un soborno sino que más bien pensaba en miembros del crimen organizado--.

--Pensé que tal vez le preocupaba el objeto que nuestro cliente se había olvidado en nuestra joyería y que adquirió la semana pasada.

“¡Qué bien!”, pensó Baltasar, “ahora también tenemos que añadir la mentira a nuestra suma de pecados”.

El dueño dejó de acosar al segurata en cuanto el nubio volvió a sentarse. Lo más triste para Baltasar fue soportar las palmaditas en la espalda de sus compañeros de mesa.

--Tres virtuosos en apuros –dijo Baltasar con cierto desánimo en la voz--.

--Tres tipos con clase, diría yo –añadió Papá Noel con su habitual jovialidad--. Por cierto, alguien va a seguir contándome vuestra historia. Tal vez así podamos recuperar a vuestro durmiente amigo.

--¿Durmiente? –Preguntó con estupor Gaspar--.

Mientras Gaspar era un hombre de ciencia pura y dura, Baltasar era más metafísico, por ello comprendió mejor las palabras de Santa. Es más, de los tres Reyes él era el único que comprendía la verdadera dimensión del término Magos, por eso siguió la corriente a Papá Noel.

--¿Dónde te dejó Gaspar?

--Cuando llegasteis al castillo de Herodes.

--Un momento –cortó Gaspar--. En menos de dos horas cerrarán este local y tampoco conviene que nadie nos oiga en un lugar en que ya nos hemos hecho ver demasiado. Tenemos una casa cerca de aquí, vayamos a hablar allí tranquilamente.

--¿Tenéis algo para comer?

Imagen tomada de la hemeroteca de La Vanguardia.

1 comentario:

Luís dijo...

Bueno, esta sí que es una historia para creer pies juntillas.
Lo cotidiano es mucho más sencillo de creer que todo lo que pretende adocenarnos y aburrirnos.
Tu sí que eres un MAGO.
Un saludito
PAZ