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sábado, 9 de octubre de 2010

El círculo


Después de muchos años insistiendo, unos sobre que aquella podía ser la única solución y otros el fin del mundo, hoy parecía claro que ambos habían tenido razón: el fin del mundo había sido la única solución.

Originalmente las bombas de olvido apenas habían provocado daños materiales ni personales, pero conforme se había ido extendiendo su contenido por todo el planeta, se había empezado a liberar la verdadera esencia de la humanidad.

Vimos como unos humanos armados de cruces se enfrentaron a otros con medias lunas y, a estos, frente a otros con estrellas. Todos ellos hace mucho que se mataron entre sí.

Después alguien descubrió algo apetecible y le plantó una bandera que encontró. No dejaba que nadie se acercarse y aquello fue suficiente para que todo el mundo lo quisiera. Pero defendió su posesión con todo lo que tuvo a su alcance. Su final fue una orgía de sangre donde pocos quedaron para descubrir la inútil base de aquella bandera.

Aún más tarde llegaron las ratas, pero también hace tanto que no recuerdo qué fue de ellas. Pero sí me acuerdo del silencio. Porque al final todo fue silencio y soledad hasta que llegaste tú.

--No recuerdo nada, pero sé que no quiero estar sola.

--¿Cómo te llamas?

--No lo sé.

--Te llamaré “Tú”

--Llámame como quieras mientras lo hagas cada mañana durante el resto de nuestros días.

Frente a ambos se extendía una tierra rica y llena de sorpresas. Hasta que un día, Tú descubrió un libro y también que era capaz de leerlo. En una de las páginas leyó como un hombre llamado Isaac Newton vio caer una manzana y de ello dedujo la teoría de gravitación universal. Entonces le dio un mordisco a aquellas páginas y salió corriendo para compartir aquel manjar con su compañero.

viernes, 24 de julio de 2009

Nunca despiertes


El futuro te espera agazapado en un móvil. Suena como una llamada normal y, sin embargo,va a cambiar tu vida.

--¡Señor Llinars!

--¿Sí?

Te lo cuentan y no puedes creerlo. Aún así, con los nervios a flor de piel, vas a casa, te vistes con la elegancia que la situación requiere y acudes al lugar indicado.

--¡Buenas tardes!

La secretaria te mira. Seguramente ha visto tus ojos rojos, pero no te dará ni un soplo en ellos. Se limitará a ofrecerte un asiento donde ni se ha preocupado en mirar que ya no queda ninguno libre.

Esperas lo que toca esperar y, sea mucho o poco, te parecerá una eternidad. Entre tanto queda algún asiento libre, pero prefieres seguir paseando arriba y abajo por el corto pasillo para compartir tus nervios con todos los presentes. Tampoco eso te tranquiliza, pero haces lo posible por creerlo así.

--¡Señor Narcís Llinars! –Dice mecánicamente la voz de la secretaria indicándote la puerta número cuatro y con una mirada de nada disimulado alivio por poder perderte de vista--.

Pasas al despacho indicado. Dos hombres y una mujer te miran con cierta curiosidad mientras te ofrecen un asiento. Ahora sí que aceptas el ofrecimiento, pero antes te aseguras que no esté ocupada por algún enanito casi invisible. Quedas ubicado en el momentáneamente tenso silencio de sus miradas. De los hombres una cara te es muy conocida, pero habla el otro:

--¿Puede contarnos un chiste?

--Van dos en una moto y se cae el del centro por la ventanilla trasera.

Silencio. Tenso silencio. Pero no se miran entre sí, sólo te miran a ti.

--¿Y una anécdota real? –Pregunta ahora la mujer--.

--La última vez que acudí a buscar empleo el señor que me entrevistaba me siguió hasta la puerta del ascensor rogándome que me quedara y mejorando las condiciones a cada paso.

--¡Cielos! ¿Tan bueno es usted? –Sonrió ella--.

--¡No! Lo que sucede es que nadie me había advertido que el empleo era para ejercer como representante de una funeraria.

Por fin habló la cara conocida. La voz impresionante, cavernosa y profunda, sin quererlo, me obligó a concentrarme en sus matices sin escuchar lo que realmente me estaba diciendo.

--...le pregunto que qué experiencia tiene.

--¡Ninguna! – Contesto aturdido--.

El señor Luís del Olmo se ríe con ganas. Sus compañeros mantienen una sonrisa de complicidad. Me imagino que he fracasado y estoy dispuesto para levantarme, pero Don Luís se me adelanta y alargándome su mano dice:

--Señor Narcís, le dejo con mi productora. Ella le explicará los detalles. Me encantaron sus textos en ese blog tan heterogéneo que tiene y necesito un guionista como usted para animar un poquito este cementerio.

Estoy soñando. La productora me ofrece unas buenas condiciones. Pero, como digo, estoy soñando y ahora le toca sonar al despertador y no me quiero despertar.

¿Adivinan qué voz suena en el radio despertador?...

Imagen tomada de www.leomessifans.com

miércoles, 24 de diciembre de 2008

¡Feliz Navidad!



En su día prometí transcribir este cuento de Navidad. Una historia que demuestra que, incluso en las condiciones más miserables, se puede disfrutar de la Navidad y ser momentáneamente feliz con aquellos a los que quieres. Solo es cuestión de saber dónde y con quién. No en vano se dice que es mejor estar solo que mal acompañado, pero si se puede estar en buena compañía… mejor que mejor. Nuestros protagonistas lo saben muy bien.


¡Feliz Navidad!


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¡Feliz Navidad!


He tenido mucha suerte en la vida. Fui un auténtico zorro para los negocios. Mi vida era genial y con sólo veintitrés años ya había ganado mi primer millón de dólares y eso que entonces no era fácil. Encadenando éxitos me planté a comienzos de los noventa y me apunté al segundo gran pelotazo inmobiliario, fue una suerte porque en el noventa y tres llegó una pequeña recesión que arruinó a los que no habían sabido dar el salto. Pocos años después llegaron las “punto com”, entré con garra y salté a tiempo, como también lo hice con los “tigres asiáticos”. Mi fortuna en el noventa y ocho rondaba los diez mil millones de pesetas. Pero entre tanto me había casado dos veces y tenía dos hijos de mi primer matrimonio y otro del segundo. Si los negocios parecían sonreírme, el estado de abandono a que sometía a mi pareja estaba a punto de acabar con mi vida personal. Fue entonces cuando la descubrí.
Mi jornada profesional me arrebataba dieciséis horas al día y no me quedaba tiempo para mí, pero gracias a aquel bendito polvo blanco pude salvar mi matrimonio y vivir algunos polvos extra fuera de él que fueron fascinantes.
Pero yo era un idiota y, aunque todos los idiotas tienen suerte, los idiotas siempre quieren más. Ni que decir tiene que la palabra “más”, para este idiota, sólo tenía un significado: “más dinero”. De dieciséis horas pasé a trabajar dieciocho o diecinueve y pronto esnifaba más cocaína que gasolina despilfarraba mi Porsche.
Lo que pudo ser una gran suerte resultó ser una desgracia. En pocos meses mi presupuesto para estupefacientes se disparó, pero ya no causaban aquel brillante efecto del principio, sin embargo, cuando dejaba de tomarlos ni siquiera podía levantarme de la cama. Empecé a fallar en mis compromisos y en mi vida personal que se fue por un absurdo agujero. Aquel divorcio supo a OPA hostil, traicionado por mi abogado perdí todo mi patrimonio. Aquello sólo pude frenarlo con una cura de desintoxicación.
Después de un período razonable en el limbo, regresé a la vida pública. Un nuevo abogado y una nueva vida, me permitieron retomar algunos atributos de mi pasado, pero, un buen día, descubrí que todo aquello me importaba un rábano.
En el año dos mil regresé a mi pueblo para acudir al entierro de mi madre. Allí mis hermanos, fracasados triunfadores, vivían una vida profesional aburrida y trabajosa que combinaban con una gran actividad familiar, yo, en cambio, fui recibido como un verdadero triunfador y, sin embargo, envidié, como nunca, sus “tristes vidas”.
En la tumba de mi madre dejé enterrado el último trozo de mi ayer y me ahogué en una botella de depresión.
Durante tres años, mis entradas y salidas de diferentes clínicas y sanatorios fueron continuas, hasta que fui incapaz de pagar más facturas. Así llegue a este hospital de la vida donde uno reconoce a la perfección la buena suerte que ha tenido.
Sí, yo soy un tipo con suerte, porque cuando todo parecía haber perdido el sentido, conocí a mi colega Gustavo y aquí nos tienes, disfrutando juntos de las migajas que nos deja la vida.
Hoy es Nochebuena y siento algo de añoranza por no poder pasarla con mi familia, con mis hijos, pero tampoco tanto. Después de todo son unos perfectos desconocidos a los que he entregado todos mis sacrificios económicos, pero que ahora que soy un fracasado y ya no les doy ni un céntimo, ni siquiera se acercan a mí. Soy su leproso favorito, ese al que culpan de todos sus fracasos por no haber estado ahí y por haber recortado los flujos económicos que les permitían estar en la cima del mundo.
Hoy es Nochebuena y cenaremos solos Gustavo y yo.
Abrimos la puerta del cajero y cerramos por dentro. Tiramos unos cartones en el suelo y dejamos a un lado nuestros enseres. Yo saco de mi carrito una botella de cava que sustraje a la cesta que sorteaban en un bar. Bebemos a morro, pero con alegría. La noche se presenta larga y fría, pero, a nuestro modo, somos felices porque ambos hemos tenido suerte en la vida.
¡Feliz Navidad!