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viernes, 9 de diciembre de 2011

El cuarto Rey Mago


Figuras
Javi estaba molesto con su padre porque no le había dejado poner el musgo en el belén como otros años. De hecho había muy poco. El corcho, la harina y el serrín, dominaban sobre el verde este año. Desde que se habían puesto normativas restrictivas para la recolección del musgo en el monte su precio subía un año tras otro. En las tiendas, además, el musgo era de peor calidad, también eso se hacía más patente de año en año.
Como había poco, el musgo enseguida estuvo puesto. Los detalles del río eran algo más rápidos pues este era el mismo cada año. La diferencia era que antes las riberas eran verdes y ahora este color escaseaba. Puestos el puente y las piedras, el padre le dijo a Javi que podía empezar a poner las figuritas. Como siempre, la atenta mirada del abuelo, murmurando historias sobre cada personaje que el nieto colocaba, aquí y allí, le daba más vida a aquel escenario de la que tendría en todas las navidades. Con algunos personajes, como el pastor que llevaba un parche en un ojo, el chaval se entretenía lo suficiente como para que el viejo hilvanara un cuento completo. Pero tampoco está vez permitiría que su abuelo narrara el final. A Javi le gustaban los relatos más obscuros y su abuelo se empeñaba en buscarles un buen final, así que cuando los acontecimientos de la historia giraban hacia el bondadoso final que aquel escenario exigía, Javi colocaba la figura en el lugar que ya tenía pensado desde el principio y tomaba una nueva entre sus dedos.
Después de dos horas colocando el casi centenar de personajes y animales, ya solo quedaban los Reyes Magos.
-¿Sabías que los Reyes Magos eran en realidad cuatro? –Dijo el abuelo para sorprender a Javi-.
Por un momento el nieto, con el camello de Melchor en las manos, tuvo un asomo de duda. Javi ya tenía once años. Su abuelo le había contado muchas veces la historia de los Reyes Magos, pero esto era nuevo.
-¿Cuatro? –Preguntó intentando dominar su sorpresa-.
-Sí.
Sonrió mirando a su nieto directamente a los ojos en una pausa que al pequeño le pareció eterna. Una pausa que le sirvió para evaluar si Javi ya era lo suficientemente grande para escuchar la historia que le quería contar. Entre sus pensamientos estaba la conciencia de que el año próximo, con doce años, tal vez ya no prestara atención a las historias del belén. Quizá, incluso, prefiriese ir a dar una vuelta con los amigos el día que tocara de nuevo esta tradición familiar. Sí, estaba seguro. Era el momento. Ahora o nunca.

Once upon a time
Cuando celebramos la vida, pasión y muerte de Jesús, creemos estar siguiendo las llamadas sagradas escrituras, pero en realidad los cuentos populares que engalanan nuestras fiestas, mayoritariamente, no están reflejados en ellas. Porque las sagradas escrituras no son más que unos textos seleccionados de entre muchos, que sí cuentan esas historias, por los príncipes de la iglesia en los albores de la Edad Media y en lo que se llamó el Concilio de Nicea. Los textos seleccionados fueron incluidos en el Nuevo Testamento y los descartados fueron proscritos. Incluso algunos de esos otros textos, conocidos hoy como evangelios apócrifos, fueron destruidos y ya nada sabemos de ellos salvo por la tradición popular o por algún descubrimiento arqueológico como los manuscritos del Mar Muerto.
Hablan algunos de esos textos de los Reyes Magos, pero cuentan historias que, en ocasiones, se contradicen unas con otras. En una de ellas explica que los Magos eran eruditos salidos de la biblioteca de Alejandría y que, cuatro de ellos, por su sangre principesca, fueron conocidos como los Reyes Magos. Baltasar era un príncipe Abisinio cuya familia vivía en la corte de los faraones desde que estos conquistaran sus territorios  y que bajo el yugo romano solo les quedaba la salida del estudio para conservar su estatus. El asirio Gaspar, perteneciente a una dinastía expulsada del poder  en tiempos de Alejandro y que se dedicó a la conquista del conocimiento. El macedonio Melchor, el más joven de todos, enviado por su familia lejos de los abusos que la corrupta Pax Romana cometía en su país. Pero existía también un príncipe parto que aún esperaba recuperar el poder en sus tierras donde feroces arqueros a caballo esperaban el momento de sublevarse contra Roma, y él, Artabán, sería su rey.
Por aquellas fechas la palabra de Zarathustra aún tenía un fuerte eco en todo lo que había sido el imperio persa y Artabán conocía bien la nueva versión del mazdeísmo que chocaba frontalmente con el afán bélico de su Partia natal. Si el mazdeísmo le imponía dudas, sus estudios en Alejandría no supusieron un desahogo para los mismos, por eso cuando conoció la profecía una llama se encendió en su interior, aunque sabía que ya nunca sería el liberador de su país, por lo que renunció a sus derechos al trono.
Cuenta Henry van Dyke, que él fue el primero en descubrir el cometa y que mandó llamar a los otros cuatro Reyes Magos al zigurat de Borsippa para, desde allí, iniciar juntos el camino para seguir la nueva estrella. Oro, incienso y mirra, llevaban los tres reyes, y el cuarto otros tres regalos más dignos de su realeza: un diamante, un rubí y un jaspe. Pero en el viaje toparon con una caravana atacada por bandidos. Allí, en el desierto, enterraron a los muertos mientras los supervivientes se fueron con Melchor, Gaspar y Baltasar. En cambio, como había un viejo agonizante, que había sido el comerciante jefe de la caravana y  que no hubiese soportado el viaje, Artabán se quedó con él. Las grandes dotes médicas del Mago hicieron el milagro de la sanación, pero no conforme con su buena obra, dio al viejo el diamante para que recobrara su caravana. Pero para entonces Artabán ya llevaba tanto retraso que nunca alcanzó a sus compañeros. Cuando llegó a Judea, en lugar de las alabanzas por el nuevo Mesías, se encontró a soldados de Herodes marchando de casa en casa y acabando con las vidas de todos los niños. Usando el rubí intentó sobornar a los soldados para salvar algunas vidas, pero acabó siendo detenido por ello.
Tras treinta años en los calabozos de Judea, salió como un viejo y terminó vagando por las calles de Jerusalén como un mendigo. En esas, mientras reclamaba unas monedas o un mendrugo de pan, entre los puestos del mercado (no quería deshacerse del último regalo para su Rey), escuchó, por primera vez, hablar de los prodigios de un hombre que se hacía llamar el hijo de Dios. Durante semanas y meses oyó hablar del Mesías haciendo milagros a un lado y otro del país, dirigiendo sus palabras de paz y amor a un pueblo marcado por el odio y la conquista. Artabán quería verlo, quería oírlo y quería darle el último regalo que aún guardaba par él: el trozo de jaspe. Cuando supo de la llegada del Mesías a Jerusalén, ya era tarde. Jesús se encontraba preso e iba a ser condenado a la crucifixión. Así encaminó sus pasos hacia el Gólgota, pero tuvo que atravesar el mercado y allí se topó con el drama de un padre que subastaba a su hija para pagar las deudas. Lo peor de la ciudad babeaba de lujuria mientras hacían miserables ofertas que aumentaban el dramatismo de la escena. Otra vez Artabán se alejaría de su objetivo anteponiendo sus principios. Así compró, con el trozo de jaspe a la joven muchacha y, aunque la devolvió a su familia, junto al resto del valor del  jaspe, le recordó al padre que desde ese momento era solo suya y que respondía ante él de lo que a ella le ocurriera. Cuando quiso retomar su camino el cielo se oscureció y el suelo tiembló. El Mesías había muerto sin que Artabán alcanzara a verlo. Los temblores arrancaron piedras de las casas y una alcanzó al Mago que cayó semiinconsciente. En ese estado se le apareció Jesús diciendole: Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste”. Alucinado y confuso preguntó que cuándo hizo él eso. Y Jesús le contestó: Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí”. Por eso Arcabán acompañó a Jesús en aquel ascenso a los cielos, y al llegar dijo: “Padre, he aquí un amigo”.

El niño grande
Javi no había cortado a su abuelo ni una sola vez durante toda la historia, pero ahora le miraba de reojo.
-¿Te lo has inventado?
-No, solo lo he pintado de colores.
-¿Y qué colores tenía, abuelo? –Javi intentaba no reírse, sabía que su abuelo nunca le mentiría, pero tampoco le dejaría las cosas suficientemente claras-.
El abuelo también rió y hubo una guerra de cosquillas. Posiblemente la última de la infancia de Javi. Después, durante la cena, su abuelo le habló de Henry van Dyke, que creó la historia de Artabán, de los evangelios apócrifos, de la tradición… El padre, la madre, la abuela y hasta su hermana mayor contaron cosas que sabían de todo ello. Tal vez por eso Javi guardó para siempre aquella historia en su memoria.
Pasaron aquellas navidades y pasó un año entero. El domingo después de Santa Lucía volvieron a montar el belén, pero esta vez solo el padre y el abuelo. Javi se había ido a jugar a futbol con sus amigos. Cuando el abuelo cogió entre sus manos el camello de Melchor se acordó de Javi y la guerra de cosquillas del año anterior y murmuró:
-Hay que ver cómo crecen.
-¿Los Reyes Magos, papá?
Ambos sonrieron y el viejo acarició el mentón de su hijo.
A la mañana siguiente, cuando Javi ya se había marchado al colegio, el abuelo fue a darle un vistazo al belén y, de paso, adelantar un poco la posición de los tres reyes camino del portal. Fue entonces cuando se percató, en uno de los arenales de serrín de un grupo de figuras nuevas. Eran un nuevo Rey Mago junto a un viejo echado en una manta. Esas figuras no eran estándar. Entonces recordó que su nieto se había inscrito el verano anterior en un taller de cerámica. Al parecer llevaba mucho tiempo planeándolo, por eso no pudo evitar que una lágrima amenazara con desbordarse por su cara. Recuperó la compostura y se marchó al centro comercial para comprar aquellas botas de fútbol tan chillonas que Javi le enseñó el fin de semana anterior. Después de todo, de Reyes Magos no solo había tres.

Imagen de Henry van Dyke tomada de la wikipedia. El creó la historia original de Arkabán, aunque en los evangelios apócrifos y otros textos menores de la antigüedad aparecen más historias de Reyes Magos, y en alguna se dice, incluso,  que fueron 100.

lunes, 27 de julio de 2009

Tres tipos con clase (VII)



Como alimentar a Santa era algo carillo, una vez ubicados en el nuevo local, pidieron una botella de ponche de Jerez y dos vasos. Para Baltasar que seguía en estado casi catatónico por efecto de los calmantes, el batido de chocolate que le pusieron podía durar toda la noche.

--Si no teníamos bastante con nuestros pecadillos habituales, ahora nos lanzamos al alcohol –dijo Papá Noel mientras echaba cuello abajo su tercera copa--.

--Después de todo vamos de paisano. Si nos acercáramos a aquellas bellas damas. Para hablar, claro está. No podrían reconocernos.

--Sí... para hablar... está claro. Pero resulta que yo ya tengo señora para hablar.

Baltasar hizo un ruidito que podía entenderse por una carcajada y un goterón de batido le saltó de la boca debido al bajo control muscular que tenía con el Valium. Sin embargo sus ojos empezaban a mostrar un cierto brillo de vida. Tragó con dificultad y asomándose a una sonrisa divertida dijo:

--Un yonqui y dos borrachos de putas ¿Quién dice que ya no existe la Navidad?

Sus compañeros no pudieron evitar romper a reír, sin poder evitar atraer todas las miradas. Sobre todo la brutal ordinariez de las carcajadas de Santa. Cuando empezaron a calmarse Gaspar miró a Baltasar y este con un gesto de aceptación se dirigió al gordinflón:

--Creo que te debo una disculpa.

--No te preocupes, me hago cargo de las circunstancias.

--Eso quiere decir que aceptas mis disculpas.

--Por supuesto.

La paz y la alegría se vio interrumpida por el personal de seguridad del local que, bastante fura de tiempo, vino a llamarles la atención.

--Disculpe oficial –se dirigió Gaspar con sorna al guarda de seguridad--, no nos habíamos percatado de que estábamos en una biblioteca. Cuando nos terminemos esta enciclopedia –señaló la botella de ponche-- nos marcharemos a un lugar más adecuado.

El guarda de seguridad se puso completamente rojo y agarró por la pechera a Gaspar dispuesto a agredirle.

--Muchachito –dijo Santa con suavidad--, que tu novia te haya planteado un ultimátum no es excusa para que cometas ahora un flagrante abuso de autoridad que a la postre te costará muy caro.

El segurata soltó al Mago para encararse a su gordo acompañante.

--Oiga viejo, ¿qué sabe usted de mí? y ¿por qué habla tan raro?

--Sé que si no dejaras tu ropa tirada por ahí y no fueras tan guarro, tu novia no se hubiera visto obligada a plantearse a abandonar al futuro padre de su hijo.

--¿Qué está diciendo? – Dijo el uniformado con enorme sorpresa--.

--Que está embarazada y no quiere que el padre sea incapaz de ser un buen ejemplo para la criatura. Mi consejo es que te comportes con ella y seas un buen padre.

Ante el estupor paralizante del muchacho, Baltasar se metió una mano en el bolsillo y le alargó un estuche.

--Dale esto y cumple con sus condiciones. Aún podéis ser muy felices.

El guarda de seguridad abrió el estuche y vio un sencillo anillo de pedida que, sin lugar a dudas, sería la admiración de cualquier muchacha casadera.

--Te quedan dos horas de trabajo –siguió Gaspar--, piensa en todo lo que tienes que hacer para convencerla y cuando mañana te mire con esos ojos de asentimiento que saben poner las mujeres, le pides en matrimonio. No podrá decir que no, pero tú tienes que estar a la altura en el futuro. ¡Se un buen marido y sobre todo, se un buen padre!

El guarda introdujo el estuche en un bolsillo, dio dos besos a cada uno de los tres compañeros de mesa y se retiró a un rincón. Con la música ambiental nadie escuchó la conversación, pero todo el mundo se quedo sorprendido ante el espectáculo que habían visto. El dueño del local salió para hablar con el guardia de seguridad, pensando que, tal vez, había sido sobornado.

Baltasar se dio cuenta y con una habilidad propia de una sombra, en dos zancadas suaves, se plantó entre los dos hombres. Nadie hubiera dicho que aún seguía algo aturdido por la ingesta de medio tubo de calmantes.

--¿Sucede algo, señores?

A pesar del tono servicial, la interrupción del enorme nubio sorprendió a ambos. Sorpresa no era la palabra, realmente les paralizó de pánico.

--No... no... –Logró tartamudear el dueño del local que ya no pensaba en un soborno sino que más bien pensaba en miembros del crimen organizado--.

--Pensé que tal vez le preocupaba el objeto que nuestro cliente se había olvidado en nuestra joyería y que adquirió la semana pasada.

“¡Qué bien!”, pensó Baltasar, “ahora también tenemos que añadir la mentira a nuestra suma de pecados”.

El dueño dejó de acosar al segurata en cuanto el nubio volvió a sentarse. Lo más triste para Baltasar fue soportar las palmaditas en la espalda de sus compañeros de mesa.

--Tres virtuosos en apuros –dijo Baltasar con cierto desánimo en la voz--.

--Tres tipos con clase, diría yo –añadió Papá Noel con su habitual jovialidad--. Por cierto, alguien va a seguir contándome vuestra historia. Tal vez así podamos recuperar a vuestro durmiente amigo.

--¿Durmiente? –Preguntó con estupor Gaspar--.

Mientras Gaspar era un hombre de ciencia pura y dura, Baltasar era más metafísico, por ello comprendió mejor las palabras de Santa. Es más, de los tres Reyes él era el único que comprendía la verdadera dimensión del término Magos, por eso siguió la corriente a Papá Noel.

--¿Dónde te dejó Gaspar?

--Cuando llegasteis al castillo de Herodes.

--Un momento –cortó Gaspar--. En menos de dos horas cerrarán este local y tampoco conviene que nadie nos oiga en un lugar en que ya nos hemos hecho ver demasiado. Tenemos una casa cerca de aquí, vayamos a hablar allí tranquilamente.

--¿Tenéis algo para comer?

Imagen tomada de la hemeroteca de La Vanguardia.

sábado, 25 de abril de 2009

TRES TIPOS CON CLASE (VI)

 Imagen tomada de www.reyesmagos.com

Capítulo 6.

 

Papá Noel era insaciable a la hora de llenar su estómago, sin embargo, dado que no se encontraba en su ambiente, se moderó un poquito y tardó más de tres horas en acabar con las existencias de comida de aquel local.

La espera fue larga y la última media hora, sin posibilidad de ejercitar sus mandíbulas, aún lo fue más. Finalmente volvió Gaspar acompañado del enorme nubio que tenía por compañero. Afortunadamente no había ira en sus ojos, tampoco arrepentimiento. Lo cierto es que Baltasar debía estar todavía bajo los efectos de la fuerte medicación que le habían dado, porque tampoco se reflejaba la pena que había llevado a su anterior brote de ira.

Antes de sentarse, Gaspar miró en derredor, comprendiendo por los muchos signos indicativos tanto como por la expresión del camarero, que no quedaba ni una miga de pan para comer.

--¡Cielos, Santa! Con lo orondo que estás, pagar la tela de terciopelo para hacerte un nuevo traje resulta francamente caro, pero es una minucia frente al precio a pagar por mitigar tu gula.

--Gasto mucha energía.

Gaspar, casi entre carcajadas miro a su barriga y dijo:

--Ya se nota, ya.

Mientras daba como pago un fajo de billetes al camarero, se dirigió a sus dos acompañantes:

--Creo que tendremos que ir a cenar a otro lugar.

Baltasar levantó la mirada y hablo casi en tono de súplica:

--¿Y Melchor?

Santa cogió con delicadeza su mano derecha y Gaspar le abrazó, pero la mirada del nubio se perdía en un inexistente horizonte.

Cuando el momento de tensión paso, ya de camino a otro lugar donde tomar algo, Gaspar hizo una apreciación a Papá Noel:

--¿Cómo puedes ser santo y a un tiempo ser un ejemplo tan notorio de ese pecado capital que es la gula?

--Creo que cada uno de nosotros representa uno de esos pecados –contestó Santa como si hiciera una aportación científica--.

--¿Sí? –Dudó Gaspar--.

--Tú representas la lujuria. Es reconocido tu ir y venir por ciertos barrios de ciertas ciudades a lo largo de la historia. Cuando me contabas la historia has obviado a Davina y Drunila. Las supuestas criadas que, mientras tus tres compañeros pasaban la noche en vela buscando en los cielos, tú te las beneficiabas.

--¿Cómo…?

--Y Baltasar la ira –corto raudo Santa antes de que Gaspar preguntara nada inquietante--. Hasta su llanto resulta una amenaza si no se le infla de valium.

--¿Y Melchor? –Preguntó Gaspar con un cierto deje de molestia en la voz--.

--La pereza, aunque yo le hubiera llamado, más bien, la indolencia. Si mucho no me equivoco, su actual situación se debe a la dejadez total que se ha autoinfligido ante la situación. Se ha negado a luchar por lo que creía suyo y se ha ido anulando poco a poco hasta quedarse en nada.

--¡Qué bien! – Habló Baltasar aún aturdido por los fármacos—Quienes tienen que ser un valor para los niños resulta que no son más que el paradigma de los peores vicios y pecados de la humanidad.

--“Son” no, “somos”, Baltasar, “somos” – puntualizó Papá Noel--.

 

 

 

domingo, 8 de febrero de 2009

Tres tipos con clase (V)


Imagen extraída de www.erain.es.

Capítulo 5.

“No quitábamos ojo al cielo, especialmente de noche, pero fue de día cuando se marcaron los designios de los nuevos tiempos. Unos extraños vientos del Este sacudieron aquella costa mediterránea. Unos vientos que, superando las cadenas montañosas, lanzaban sobre Tiro y otras ciudades de la zona, unas enormes nubes de arena que impedían distinguir nada en el cielo.”

“El cometa surgido de Cetus se aportó su desgracia. Durante unas revueltas, en la cercana ciudad de Sidón, murió Cornelius Cillus, desconocido en su Roma natal, pero uno de los sabios de Alejandría más venerados. Artabán, aprovechando, según nos dijo, nuestra ceguera momentánea de los designios divinos, marchó a Sidón para mostrar sus respetos a los familiares de Cillus.”

“Apenas dos días después de que Artabán se marchara, los cielos se despejaron y el cometa de Cetus había desaparecido y el de Acuario ya tenía cola. Era el momento de prepararse para el viaje”.

--¿Qué había pasado con el cometa desaparecido? –Cortó interesado Santa Claus--.

--Seguramente se precipitó en el Sol. Es algo que ha sucedido muchas veces a lo largo de la historia. La capacidad de atracción de una estrella es enorme, sin embargo, planetas como la Tierra también han sido capaces de atraer a más de uno. Hace sesenta y cinco millones de años uno de esos cometas cambió la vida de este planeta y, mucho antes, ya había sucedido en otras ocasiones.

“Era el momento de partir, pero Artabán, el que más sabía sobre todo lo que tenía que suceder, no estaba allí. Esperamos dos días más, pero como no se presentó tuvimos que iniciar el viaje. Dejamos una carta para Artabán, pero, sinceramente, no creíamos que fuera capaz de darnos alcance.”

“Las primeras etapas del viaje fueron erráticas. Se llevaron a cabo por un territorio abrupto, pero no excesivamente elevado. No era un camino propio para los camellos. El agua no era un problema, pero encontrar comida ya no era tan fácil. Los habitantes, en su mayoría pastores, no eran demasiado hospitalarios. De hecho, sus casas, a veces meras barracas, se encontraban bastante ocultas de los caminos. Se escondían de los posibles cobradores de impuestos, ya fueran asirios, judíos o romanos. En aquel lugar todos eran pobres y todas las administraciones pretendían tenerlos bajo su mandato, pero sin ofrecerles nada a cambio. Los desconocidos eran, por tanto, una amenaza que podía permitir localizarles”.

“A pesar de su animosidad, pronto descubrimos que no ponían reparos a que ordeñáramos alguna cabra de tanto en tanto, o tomáramos algunos frutos de los árboles del camino. De todos modo, Melchor dejaba unas pocas monedas sobre una piedra, cada vez que hacíamos algo de aquello.”

“En pocos días nos presentamos en el lago Tiberiades. A sus orillas disfrutamos una de las mejores comidas de nuestro viaje. Por aquel entonces, el lago, brindaba una pesca estupenda, pero en las orillas, además, los cultivos eran realmente variados y abundantes.”

“Las orillas del lago eran ricas y estaban muy habitadas. Por lo general, según nos dijeron, no había mucho comercio con otras ciudades, pero entre los alrededores y las montañas que habíamos dejado atrás si era abundante. Sin embargo, los últimos meses estaban siendo especiales porque los romanos habían ordenado un censo general y la gente volvía a sus poblaciones de origen antes de que los funcionarios imperiales les consideraran foranae.”

“Tuvimos varios días para conocer a aquellas gentes porque fueron cuatro los días en que las nubes nos escondieron a nuestro cometa guía. Aquello sería una equivocación, pero entonces no lo podíamos saber. Por otra parte, teníamos que prestar atención y relacionarnos para conocer la llegada de nuevas personas y de hecho escuchamos muchas cosas de muchas personas, pero ninguna era Artabán. ¿Habría vuelto a Tiro? ¿Se habría puesto en camino? Estaba claro que las nubes eran igual obstáculo para él.”

“Nuestro viaje prosiguió siguiendo el curso del Jordán, pero apenas dos jornadas después nos interceptó una patrulla de la guardia de Herodes que nos obligaron a seguirles hasta el palacio de Herodes. De cualquier forma no supuso un gran retraso porque se hallaba Jordán abajo, cerca de Jerusalén, pero en la otra orilla del río. Vimos la gran ciudad de cerca. Era un lugar importante para nosotros, pero no nos permitieron acceder y seguimos unas dos horas río abajo hasta llegar a la morada del “rey” de los judíos.”

“Conforme nos acercábamos a la puerta de la fortaleza, vimos como una fila de jinetes armados, sin ningún uniforme, salieron a galope por el camino del sur.”

--El señor Baltasar se ha despertado y quiere hablar con usted.

Uno de los médicos que atendían al rey negro se había acercado hasta el bar y era el que le estaba informando. Gaspar volvió repentinamente a la realidad del momento y que casi había logrado olvidar narrando su historia.

--Santa, no te muevas de aquí. Aprovecharé para hacer entrar en razón a Baltasar y vendré contigo. Come algo mientras tanto. Presumo que no vendré demasiado pronto. No puedo permitir que todo sea peor de lo que ya es.

--Ve tranquilo, Gaspar. Tengo un año entero para esperar.

sábado, 10 de enero de 2009

Tres tipos con clase (IV)



Capítulo 4.


“La vida en Tiro era agradable, pero no placida. En aquella época era una ciudad de paso en todos los sentidos y, además, el viejo espíritu comercial fenicio seguía vivo en toda ella. Desde los muelles hasta las puertas, se cambiaban historias desde la ignota Asia hasta las puertas de Hércules y desde los reinos de las nieves a las selvas de Salomón. Historias y noticias que viajaban con las mercancías más variopintas. Mercancías, que las más de las veces, tenían un destino final tan lejano como su origen.”


“Cuando la Nova, que por aquel entonces llamamos estrella de Usul Thuraa (no sé muy bien por qué), desapareció del cielo sin traer nada nuevo. Llegó a nuestra casa un viajero muy peculiar. Se llamaba Artabán y venía de Alejandría. Baltasar nos dijo que era una eminencia en el tratamiento de papiros, fabricación, conservación y documentación, que había sido uno de los grandes sabios de la gran biblioteca de Alejandría, pero que a él no le caía muy simpático. Aún así, se quedó con nosotros después de decirnos que llevaba varios meses buscándonos.”


--Algo grande está a punto de ocurrir en los cielos –nos dijo bastante emocionado--.


--Te refieres a la conjunción de Marte y Júpiter 1, según la denominación romana–dijo Baltasar recelando--.


--¡Claro que no!


“A partir de aquel día, nuestro prototelescopio, trabajaba durante toda la noche buscando algo. Al principio con emoción, al cabo de unas semanas con cansancio y, casi un año después, cuando observé una luz, no observada antes, en Acuario, con sorpresa.”


--Esa estrella tiene que ser un cometa –dijo Baltasar intentando disimular su emoción--.


--Los cometas siempre traen un mensaje –aclaré cuando era del todo innecesario--.


--¿Un cometa? No, tiene que haber algo más. Un simple cometa no me ha traído hasta vosotros –no era la voz de un aguafiestas y había emoción en sus palabras, pero en aquel momento fue un jarro de agua fría--.


--Acaso esperamos el final de los tiempos –se incorporó Melchor--.


--¡No! Esperamos el comienzo –nos sorprendió Artabán--.


“Ante nuestros deslumbrados ojos desenrolló un papiro lleno de colores y extraños símbolos. Al principio parecía un galimatías, pero pronto empezamos a diferenciar jeroglíficos egipcios, palabras escritas en griego, en latín y en varias lenguas más de aquel presente y su pasado”.


--Durante veinte años he estado recopilando informaciones relativas a lo que tiene que llegar. Todos hablan de un niño que ha de nacer para cambiar el mundo. Para todas las culturas, de ayer y de hoy, existe una imagen propia de ese. Será alguien grande y el momento está cerca.


“Hubiera objetado sobre lo que teníamos que ver en todo aquello, pero entre las notas del papiro había varios dibujos sobre posiciones estelares y, en especial, la aparición de una nueva estrella en el cielo de Acuario y otra en el centro de Cetus. Por desgracia, hasta dentro de tres semanas no estaría visible la constelación de la Ballena.”


“Tres semanas no cambiaron en mucho el tamaño del cometa, pero en los últimos días empezó a desplazarse hacia el Este, por otro lado, aún tendríamos que esperar hasta Agosto para ver toda la constelación, pero, antes de lo esperado, la extraordinaria vista de Melchor discernió un elemento nuevo en el centro de la cabeza de la ballena. Era minúsculo, pero empezó a crecer muy deprisa. En dos semanas se había convertido en uno de los objetos más brillantes del cielo. También salió del área de Cetus, empezó a desplazarse por el cielo y en pocas semanas le apareció su cola”.


--Cetus siempre ha sido una fuente de desgracias. ¿Cómo sabemos que ese objeto es el nuestro? –Argumentó Baltasar desconfiado--.


--Tienes razón –apuntó Artabán--. Este cometa representa a los males del mundo, surgido de las puertas de Cetus. Nuestro guía escapó a las fauces de Acuario. Cuando le salga cola tendremos que iniciar nuestro viaje hacia el sur. Según los sumerios se detendrá, durante un mes, sobre el lugar en que nazca el gran hombre.


--¿Cómo puede detenerse un cometa en el cielo? –No sé quien lo preguntó, pero estaba en la mente de todos--.


--No lo sé. Eso es lo que lo hará diferente –reconoció Artabán--.

sábado, 3 de enero de 2009

Tres tipos con clase (3)


Imagen tomada de http://verdadesrelativas-chechu.blogspot.com/

Capítulo 3.

La capilla de los velatorios, casi vacía, no era el mejor lugar para una conversación profunda. Gaspar estaba muy agradecido con el esfuerzo de aquel hombre por prestarle apoyo, así que decidió no hacérselo más pesado: la conversación prosiguió en el bar y frente a una copa de buen brandy. Así, con un ambiente menos agobiante, el Mago siguió contando su historia.

“Melchor había conocido a Baltasar en Alejandría. Era su profesor de astronomía y matemáticas. Pero la relación no paso de la típica maestro alumno. Fue con la aparición de una Nova en Ursus Minor que llegó a Tiro, junto a otros astrónomos egipcios y abisinios, seguían una ruta hacia el Norte para estudiar el fenómeno.”

“La caravana estaba cargando vituallas en el puerto cuando Melchor lo reconoció:

--Disculpe, señor Damascón, ¿se acuerda de mí?

--Tu cara me es familiar… pero…

--Soy Appellicón de Partia. Estudiaba en Alejandría…

--¡No es posible! –Cortó con una sonrisa--. Pero no ha pasado tanto tiempo… ¿Qué ha pasado?”

“La conversación siguió como ahora la nuestra: frente a un vaso. Sólo que aquel licor estaba hecho con leche de cabra fermentada con unas bayas negras similares a la ginebra. La cuestión es que aquella conversación, en que Melchor nos presentó, fue decisiva para que Baltasar, o Damascón, como se llamaba entonces, o Serakin, como se llamaría en los siguientes días, no prosiguiera el camino con sus sesenta compañeros de viaje.”

--Así que, después de todo, Melchor si era importante para Baltasar –interrumpió Noel--.

Gaspar no pudo evitar una sonrisa. Había omitido lo que él y Melchor estaban haciendo en Tiro y sabía que esa era la razón que atrapó a Baltasar, pero eso Noel aún no lo sabía. Como se sentía juguetón, y ya lo era mucho por naturaleza, saboreó un poco de su brandy antes de proseguir, pero con mucha lentitud… con deleite.

“No. Lo que hizo cambiar de opinión al gigante fue el juego de lupas de Babilonia, que habíamos juntado Melchor y yo, y que constituían, posiblemente, el mejor prototelescopio de la antigüedad. Tal vez no estuviéramos todo lo al norte que fuera de desear, pero, aún así, nuestro observatorio era el mejor posible para aquel fenómeno astronómico y los que estaban por venir.”

--¿Así aquella Nova no era la estrella de la Navidad?

--No, Santa. La estrella de la Navidad llevaba a Belén y aquella Nova nos hubiese dirigido hacia tu casa, en caso de que ya hubieses vivido por aquel entonces.

--¡Ya!

Ambos se tomaron un respiro y unos sorbos de sus respectivas copas.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Tres tipos con clase (II)


CAPÍTULO 2.

¿Quién tiene derecho a vivir para siempre? ¿Cuál es el precio de la inmortalidad? ¿Cuántas veces se puede morir? Todas esas preguntas estaban en las mentes de Papa Noel y los Reyes Magos, en todo momento, pero jamás se las hubieran llegado a plantear abiertamente antes de este suceso.

“Son muchos años” había dicho Noel cuando Baltasar perdió los estribos, pero que significaba realmente aquello. El hombre de rojo se había solidarizado con ellos y había venido a prestarles apoyo cuando lo necesitaban. Podían ser, en cierto modo, competidores, pero no encontrarían a nadie más que pudiera comprenderles. El hombro de “Santa Claus”, como le denominan los sajones, se había ofrecido a Gaspar y este no lo desaprovechó.

--Dos mil años.

--¿Cómo?

Y Gaspar empezó a relatar su historia.

“Hace unos dos mil años que nos conocimos en Antioquía del Tigris… Nisbis, creo que le llamaban también a la ciudad. Poco importa ahora.”

“Recuerdo que mi padre me mandó a la escuela de astronomía zoroastrista porque era la única que ofrecía conocimientos sobre otros tipos de saber que debía conocer un buen gobernante. Pero mis intereses se centraron en dos campos: la medicina y las mujeres. El último no era una buena elección porque los partos (habitantes principales de aquella parte de Persia) eran muy celosos con sus damas y, a la más mínima, te retaban a un duelo singular. La diferencia entre aquellos duelos y los que hoy conocemos, es que con un parto no había posibilidad de sobrevivir. Te montaban en un caballo a pelo, con un carcaj de cinco flechas y un arco de sabina. Ambos duelistas partían a un medio kilómetro de distancia desde ambos lados del campo de disputas y galopaban hasta tener un buen blanco uno del otro. Un buen parto, entrenado desde su infancia en aquellas lides, tenía bastante con la primera flecha para matar a su oponente. Los partos eran capaces de guiar y mantenerse, en su caballo a galope, sólo con sus piernas y, entre tanto, sus manos quedaban libres para manejar el arco y las flechas con una precisión espeluznante.”

“Yo sobreviví a uno de aquellos duelos imposibles atrapando las cinco flechas de mi rival con el brazo. Tres de ellas me lo atravesaron de lado a lado. Cuando lo tuve lo bastante cerca, use el arco como una porra. De un soberbio golpe lo desmonté y lo deje inconsciente. Tres días después, cuando se recuperó, me trajo a la dama fuente de la disputa y que resultó ser su criada. Costó hacerle entender a aquel jovenzuelo que cuando uno mira a una mujer bella no necesariamente quiere apoderarse de ella. Sin embargo, a pesar de su tozudez propia de aquellas tierras, hablamos y llegamos a entendernos.”

--Mi nombre es Appellicon y soy el hijo pequeño del Rha Minhart.

“Rha era el título del decano del centro de estudios zoroastrista”.

--Mi nombre es Amerín y soy el heredero de una corona sin nombre allá por las tierras de Armenía –le dije--.

--¿Armenia es esa tierra entre el Caspio y el Negro de donde nos llegan todos los metales?

--Sí. Y el reino de mi padre es el único que no posee ningún metal. Esa es su triste garantía de supervivencia, y por eso sus gobernantes tienen que aprender a ser sabios para seguir subsistiendo.

“Appellicon también estudiaba en el centro zoroastrista y, a pesar de su edad, era un alumno muy aventajado. En aquellos años apenas si se dejaba crecer una barba rala y juvenil que vi desarrollarse durante los cuatro años siguientes. Finalmente llegó el momento de volver a mi patria. Appellicon y su padre Minhart, a quien llegue a conocer bien y a valorar como hombre sabio, me dieron una formidable cena de despedida. Cena que también sirvió para despedir a mi amigo que marcharía, una semana después, para terminar sus estudios en Alejandría.”

“De tarde en tarde, durante los siguientes años, recibíamos una carta el uno del otro. Aún recuerdo cuando me hablo de las revueltas en su ciudad contra los romanos. Al principio no parecían cosa seria, pero cuando llegó la noticia de una guerra abierta entre los partos y Roma, comprendí que mi amigo y su familia podían estar en peligro, así que me puse en camino hacia Nisbis. Cuando llegué Roma ya había impartido la flor y nata de su Pax. No quedaba ningún edificio importante en pie, los de la escuela tampoco. Seguí la pista a la familia del Rha hasta Tiro, a orillas del Mare Nostrum. Encontrar a Melchor fue difícil porque había cambiado mucho su aspecto. Había vivido episodios terribles que ningún ser humano debía jamás llegar a conocer. Su pelo, incluida su, ahora magnífica, barba, se habían vuelto completamente blancos debido al sufrimiento. Además, su nombre ahora era Magalath. Era mucho más joven que yo, aún no había cumplido los treinta y ya parecía un anciano.”

En aquellos instantes, totalmente inmerso en la historia, Noel quiso saber algo que le intrigaba.

--¿Y cuando conocisteis a Baltasar?

jueves, 25 de diciembre de 2008

Tres tipos con clase (I)


Me da miedo que las cosas cambien. Los cambios se producen irremediablemente y continuamente, pero, aún así, con cada cambio nos dejamos algo en el camino. Sí, el cambio es avanzar. Aún así, siempre me pregunto si realmente vale la pena.

A todos aquellos que tienen muy claro aquello de que “toda crisis es una oportunidad” esta historia que hoy empiezo, tal vez, también debería hacerles dudar.

Tres tipos con clase.

CAPÍTULO 1

Aquel viejo barbudo y barrigón, se veía realmente compungido cuando se asomó al ataúd. Desde el otro lado del cristal protector, le hubiese podido mirar una imagen muy similar a él mismo, salvo que era más delgado, más triste, más joven y con más clase. Bueno, le hubiese podido mirar si no tuviera los ojos cerrados y… no estuviese muerto.

Una lágrima estaba a punto de resbalar mejilla abajo, cuando noto como una mano se posaba en su hombro con amistosa ternura.

--Te agradecemos que hayas venido, Noel. Es muy amable por tu parte, pero no crees que, dadas las circunstancias, resulta poco apropiado.

Cuando se giró, frente a él se hallaba un hombre de pelo casi rojo, ojos hinchados y aspecto regio.

--Tampoco podía dejar de venir. Realmente he sentido mucho su pérdida… Si yo pudiera hacer alguna cosa…

Su interlocutor necesitó algo de tiempo para procesar en su mente lo que había dicho, dado su marcado acento nórdico, pero, cuando lo asimiló, no pudo remediar fundirse con él en un abrazo fraternal y ambos lloraron la pérdida. Una vez descargado el golpe de amargura se separaron y Noel preguntó:

--¿Dónde está Baltasar?

--Está metido en la segunda habitación. Lo está llevando muy mal.

--Es lógico, Gaspar. Son muchos años…

En aquel momento, se abrió la puerta que, momentos antes había indicado Gaspar, y salió un varón de color con apariencia de unos cuarenta y tantos años y una estatura digna de un exjugador de la NBA. Miró hacia el ataúd, hasta que los vio a ellos. Hasta que lo vio a él.

--¿¡Tú!? – Gritó Baltasar fuera de sí--.

Antes de que se abalanzara sobre Papá Noel, Gaspar ya se había interpuesto en su trayectoria y lo sujetaba tratando de tranquilizarlo.

--¿Cómo puede estar aquí? – Repetía una y otra vez--.

--Él no tiene la culpa. Las cosas son así.

Y las cosas eran realmente así. Un desconocido, que seguramente debía ser médico, le puso una inyección en el brazo a través de la camisa y la americana. Pocos segundos después se le veía más calmado y, el mismo desconocido, le acompañó, de nuevo, al interior de la habitación de dónde había salido.

--¿Cómo sucedió?, Gaspar.

--Pues de la única manera en que pueden suceder estas cosas: con olvido.

--¿Y vosotros?

--Es el comienzo del fin.

--¿Y por qué Melchor?

--¿De verdad no lo sabes?