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lunes, 27 de julio de 2009

Tres tipos con clase (VII)



Como alimentar a Santa era algo carillo, una vez ubicados en el nuevo local, pidieron una botella de ponche de Jerez y dos vasos. Para Baltasar que seguía en estado casi catatónico por efecto de los calmantes, el batido de chocolate que le pusieron podía durar toda la noche.

--Si no teníamos bastante con nuestros pecadillos habituales, ahora nos lanzamos al alcohol –dijo Papá Noel mientras echaba cuello abajo su tercera copa--.

--Después de todo vamos de paisano. Si nos acercáramos a aquellas bellas damas. Para hablar, claro está. No podrían reconocernos.

--Sí... para hablar... está claro. Pero resulta que yo ya tengo señora para hablar.

Baltasar hizo un ruidito que podía entenderse por una carcajada y un goterón de batido le saltó de la boca debido al bajo control muscular que tenía con el Valium. Sin embargo sus ojos empezaban a mostrar un cierto brillo de vida. Tragó con dificultad y asomándose a una sonrisa divertida dijo:

--Un yonqui y dos borrachos de putas ¿Quién dice que ya no existe la Navidad?

Sus compañeros no pudieron evitar romper a reír, sin poder evitar atraer todas las miradas. Sobre todo la brutal ordinariez de las carcajadas de Santa. Cuando empezaron a calmarse Gaspar miró a Baltasar y este con un gesto de aceptación se dirigió al gordinflón:

--Creo que te debo una disculpa.

--No te preocupes, me hago cargo de las circunstancias.

--Eso quiere decir que aceptas mis disculpas.

--Por supuesto.

La paz y la alegría se vio interrumpida por el personal de seguridad del local que, bastante fura de tiempo, vino a llamarles la atención.

--Disculpe oficial –se dirigió Gaspar con sorna al guarda de seguridad--, no nos habíamos percatado de que estábamos en una biblioteca. Cuando nos terminemos esta enciclopedia –señaló la botella de ponche-- nos marcharemos a un lugar más adecuado.

El guarda de seguridad se puso completamente rojo y agarró por la pechera a Gaspar dispuesto a agredirle.

--Muchachito –dijo Santa con suavidad--, que tu novia te haya planteado un ultimátum no es excusa para que cometas ahora un flagrante abuso de autoridad que a la postre te costará muy caro.

El segurata soltó al Mago para encararse a su gordo acompañante.

--Oiga viejo, ¿qué sabe usted de mí? y ¿por qué habla tan raro?

--Sé que si no dejaras tu ropa tirada por ahí y no fueras tan guarro, tu novia no se hubiera visto obligada a plantearse a abandonar al futuro padre de su hijo.

--¿Qué está diciendo? – Dijo el uniformado con enorme sorpresa--.

--Que está embarazada y no quiere que el padre sea incapaz de ser un buen ejemplo para la criatura. Mi consejo es que te comportes con ella y seas un buen padre.

Ante el estupor paralizante del muchacho, Baltasar se metió una mano en el bolsillo y le alargó un estuche.

--Dale esto y cumple con sus condiciones. Aún podéis ser muy felices.

El guarda de seguridad abrió el estuche y vio un sencillo anillo de pedida que, sin lugar a dudas, sería la admiración de cualquier muchacha casadera.

--Te quedan dos horas de trabajo –siguió Gaspar--, piensa en todo lo que tienes que hacer para convencerla y cuando mañana te mire con esos ojos de asentimiento que saben poner las mujeres, le pides en matrimonio. No podrá decir que no, pero tú tienes que estar a la altura en el futuro. ¡Se un buen marido y sobre todo, se un buen padre!

El guarda introdujo el estuche en un bolsillo, dio dos besos a cada uno de los tres compañeros de mesa y se retiró a un rincón. Con la música ambiental nadie escuchó la conversación, pero todo el mundo se quedo sorprendido ante el espectáculo que habían visto. El dueño del local salió para hablar con el guardia de seguridad, pensando que, tal vez, había sido sobornado.

Baltasar se dio cuenta y con una habilidad propia de una sombra, en dos zancadas suaves, se plantó entre los dos hombres. Nadie hubiera dicho que aún seguía algo aturdido por la ingesta de medio tubo de calmantes.

--¿Sucede algo, señores?

A pesar del tono servicial, la interrupción del enorme nubio sorprendió a ambos. Sorpresa no era la palabra, realmente les paralizó de pánico.

--No... no... –Logró tartamudear el dueño del local que ya no pensaba en un soborno sino que más bien pensaba en miembros del crimen organizado--.

--Pensé que tal vez le preocupaba el objeto que nuestro cliente se había olvidado en nuestra joyería y que adquirió la semana pasada.

“¡Qué bien!”, pensó Baltasar, “ahora también tenemos que añadir la mentira a nuestra suma de pecados”.

El dueño dejó de acosar al segurata en cuanto el nubio volvió a sentarse. Lo más triste para Baltasar fue soportar las palmaditas en la espalda de sus compañeros de mesa.

--Tres virtuosos en apuros –dijo Baltasar con cierto desánimo en la voz--.

--Tres tipos con clase, diría yo –añadió Papá Noel con su habitual jovialidad--. Por cierto, alguien va a seguir contándome vuestra historia. Tal vez así podamos recuperar a vuestro durmiente amigo.

--¿Durmiente? –Preguntó con estupor Gaspar--.

Mientras Gaspar era un hombre de ciencia pura y dura, Baltasar era más metafísico, por ello comprendió mejor las palabras de Santa. Es más, de los tres Reyes él era el único que comprendía la verdadera dimensión del término Magos, por eso siguió la corriente a Papá Noel.

--¿Dónde te dejó Gaspar?

--Cuando llegasteis al castillo de Herodes.

--Un momento –cortó Gaspar--. En menos de dos horas cerrarán este local y tampoco conviene que nadie nos oiga en un lugar en que ya nos hemos hecho ver demasiado. Tenemos una casa cerca de aquí, vayamos a hablar allí tranquilamente.

--¿Tenéis algo para comer?

Imagen tomada de la hemeroteca de La Vanguardia.

sábado, 25 de abril de 2009

TRES TIPOS CON CLASE (VI)

 Imagen tomada de www.reyesmagos.com

Capítulo 6.

 

Papá Noel era insaciable a la hora de llenar su estómago, sin embargo, dado que no se encontraba en su ambiente, se moderó un poquito y tardó más de tres horas en acabar con las existencias de comida de aquel local.

La espera fue larga y la última media hora, sin posibilidad de ejercitar sus mandíbulas, aún lo fue más. Finalmente volvió Gaspar acompañado del enorme nubio que tenía por compañero. Afortunadamente no había ira en sus ojos, tampoco arrepentimiento. Lo cierto es que Baltasar debía estar todavía bajo los efectos de la fuerte medicación que le habían dado, porque tampoco se reflejaba la pena que había llevado a su anterior brote de ira.

Antes de sentarse, Gaspar miró en derredor, comprendiendo por los muchos signos indicativos tanto como por la expresión del camarero, que no quedaba ni una miga de pan para comer.

--¡Cielos, Santa! Con lo orondo que estás, pagar la tela de terciopelo para hacerte un nuevo traje resulta francamente caro, pero es una minucia frente al precio a pagar por mitigar tu gula.

--Gasto mucha energía.

Gaspar, casi entre carcajadas miro a su barriga y dijo:

--Ya se nota, ya.

Mientras daba como pago un fajo de billetes al camarero, se dirigió a sus dos acompañantes:

--Creo que tendremos que ir a cenar a otro lugar.

Baltasar levantó la mirada y hablo casi en tono de súplica:

--¿Y Melchor?

Santa cogió con delicadeza su mano derecha y Gaspar le abrazó, pero la mirada del nubio se perdía en un inexistente horizonte.

Cuando el momento de tensión paso, ya de camino a otro lugar donde tomar algo, Gaspar hizo una apreciación a Papá Noel:

--¿Cómo puedes ser santo y a un tiempo ser un ejemplo tan notorio de ese pecado capital que es la gula?

--Creo que cada uno de nosotros representa uno de esos pecados –contestó Santa como si hiciera una aportación científica--.

--¿Sí? –Dudó Gaspar--.

--Tú representas la lujuria. Es reconocido tu ir y venir por ciertos barrios de ciertas ciudades a lo largo de la historia. Cuando me contabas la historia has obviado a Davina y Drunila. Las supuestas criadas que, mientras tus tres compañeros pasaban la noche en vela buscando en los cielos, tú te las beneficiabas.

--¿Cómo…?

--Y Baltasar la ira –corto raudo Santa antes de que Gaspar preguntara nada inquietante--. Hasta su llanto resulta una amenaza si no se le infla de valium.

--¿Y Melchor? –Preguntó Gaspar con un cierto deje de molestia en la voz--.

--La pereza, aunque yo le hubiera llamado, más bien, la indolencia. Si mucho no me equivoco, su actual situación se debe a la dejadez total que se ha autoinfligido ante la situación. Se ha negado a luchar por lo que creía suyo y se ha ido anulando poco a poco hasta quedarse en nada.

--¡Qué bien! – Habló Baltasar aún aturdido por los fármacos—Quienes tienen que ser un valor para los niños resulta que no son más que el paradigma de los peores vicios y pecados de la humanidad.

--“Son” no, “somos”, Baltasar, “somos” – puntualizó Papá Noel--.

 

 

 

domingo, 8 de febrero de 2009

Tres tipos con clase (V)


Imagen extraída de www.erain.es.

Capítulo 5.

“No quitábamos ojo al cielo, especialmente de noche, pero fue de día cuando se marcaron los designios de los nuevos tiempos. Unos extraños vientos del Este sacudieron aquella costa mediterránea. Unos vientos que, superando las cadenas montañosas, lanzaban sobre Tiro y otras ciudades de la zona, unas enormes nubes de arena que impedían distinguir nada en el cielo.”

“El cometa surgido de Cetus se aportó su desgracia. Durante unas revueltas, en la cercana ciudad de Sidón, murió Cornelius Cillus, desconocido en su Roma natal, pero uno de los sabios de Alejandría más venerados. Artabán, aprovechando, según nos dijo, nuestra ceguera momentánea de los designios divinos, marchó a Sidón para mostrar sus respetos a los familiares de Cillus.”

“Apenas dos días después de que Artabán se marchara, los cielos se despejaron y el cometa de Cetus había desaparecido y el de Acuario ya tenía cola. Era el momento de prepararse para el viaje”.

--¿Qué había pasado con el cometa desaparecido? –Cortó interesado Santa Claus--.

--Seguramente se precipitó en el Sol. Es algo que ha sucedido muchas veces a lo largo de la historia. La capacidad de atracción de una estrella es enorme, sin embargo, planetas como la Tierra también han sido capaces de atraer a más de uno. Hace sesenta y cinco millones de años uno de esos cometas cambió la vida de este planeta y, mucho antes, ya había sucedido en otras ocasiones.

“Era el momento de partir, pero Artabán, el que más sabía sobre todo lo que tenía que suceder, no estaba allí. Esperamos dos días más, pero como no se presentó tuvimos que iniciar el viaje. Dejamos una carta para Artabán, pero, sinceramente, no creíamos que fuera capaz de darnos alcance.”

“Las primeras etapas del viaje fueron erráticas. Se llevaron a cabo por un territorio abrupto, pero no excesivamente elevado. No era un camino propio para los camellos. El agua no era un problema, pero encontrar comida ya no era tan fácil. Los habitantes, en su mayoría pastores, no eran demasiado hospitalarios. De hecho, sus casas, a veces meras barracas, se encontraban bastante ocultas de los caminos. Se escondían de los posibles cobradores de impuestos, ya fueran asirios, judíos o romanos. En aquel lugar todos eran pobres y todas las administraciones pretendían tenerlos bajo su mandato, pero sin ofrecerles nada a cambio. Los desconocidos eran, por tanto, una amenaza que podía permitir localizarles”.

“A pesar de su animosidad, pronto descubrimos que no ponían reparos a que ordeñáramos alguna cabra de tanto en tanto, o tomáramos algunos frutos de los árboles del camino. De todos modo, Melchor dejaba unas pocas monedas sobre una piedra, cada vez que hacíamos algo de aquello.”

“En pocos días nos presentamos en el lago Tiberiades. A sus orillas disfrutamos una de las mejores comidas de nuestro viaje. Por aquel entonces, el lago, brindaba una pesca estupenda, pero en las orillas, además, los cultivos eran realmente variados y abundantes.”

“Las orillas del lago eran ricas y estaban muy habitadas. Por lo general, según nos dijeron, no había mucho comercio con otras ciudades, pero entre los alrededores y las montañas que habíamos dejado atrás si era abundante. Sin embargo, los últimos meses estaban siendo especiales porque los romanos habían ordenado un censo general y la gente volvía a sus poblaciones de origen antes de que los funcionarios imperiales les consideraran foranae.”

“Tuvimos varios días para conocer a aquellas gentes porque fueron cuatro los días en que las nubes nos escondieron a nuestro cometa guía. Aquello sería una equivocación, pero entonces no lo podíamos saber. Por otra parte, teníamos que prestar atención y relacionarnos para conocer la llegada de nuevas personas y de hecho escuchamos muchas cosas de muchas personas, pero ninguna era Artabán. ¿Habría vuelto a Tiro? ¿Se habría puesto en camino? Estaba claro que las nubes eran igual obstáculo para él.”

“Nuestro viaje prosiguió siguiendo el curso del Jordán, pero apenas dos jornadas después nos interceptó una patrulla de la guardia de Herodes que nos obligaron a seguirles hasta el palacio de Herodes. De cualquier forma no supuso un gran retraso porque se hallaba Jordán abajo, cerca de Jerusalén, pero en la otra orilla del río. Vimos la gran ciudad de cerca. Era un lugar importante para nosotros, pero no nos permitieron acceder y seguimos unas dos horas río abajo hasta llegar a la morada del “rey” de los judíos.”

“Conforme nos acercábamos a la puerta de la fortaleza, vimos como una fila de jinetes armados, sin ningún uniforme, salieron a galope por el camino del sur.”

--El señor Baltasar se ha despertado y quiere hablar con usted.

Uno de los médicos que atendían al rey negro se había acercado hasta el bar y era el que le estaba informando. Gaspar volvió repentinamente a la realidad del momento y que casi había logrado olvidar narrando su historia.

--Santa, no te muevas de aquí. Aprovecharé para hacer entrar en razón a Baltasar y vendré contigo. Come algo mientras tanto. Presumo que no vendré demasiado pronto. No puedo permitir que todo sea peor de lo que ya es.

--Ve tranquilo, Gaspar. Tengo un año entero para esperar.

sábado, 3 de enero de 2009

Tres tipos con clase (3)


Imagen tomada de http://verdadesrelativas-chechu.blogspot.com/

Capítulo 3.

La capilla de los velatorios, casi vacía, no era el mejor lugar para una conversación profunda. Gaspar estaba muy agradecido con el esfuerzo de aquel hombre por prestarle apoyo, así que decidió no hacérselo más pesado: la conversación prosiguió en el bar y frente a una copa de buen brandy. Así, con un ambiente menos agobiante, el Mago siguió contando su historia.

“Melchor había conocido a Baltasar en Alejandría. Era su profesor de astronomía y matemáticas. Pero la relación no paso de la típica maestro alumno. Fue con la aparición de una Nova en Ursus Minor que llegó a Tiro, junto a otros astrónomos egipcios y abisinios, seguían una ruta hacia el Norte para estudiar el fenómeno.”

“La caravana estaba cargando vituallas en el puerto cuando Melchor lo reconoció:

--Disculpe, señor Damascón, ¿se acuerda de mí?

--Tu cara me es familiar… pero…

--Soy Appellicón de Partia. Estudiaba en Alejandría…

--¡No es posible! –Cortó con una sonrisa--. Pero no ha pasado tanto tiempo… ¿Qué ha pasado?”

“La conversación siguió como ahora la nuestra: frente a un vaso. Sólo que aquel licor estaba hecho con leche de cabra fermentada con unas bayas negras similares a la ginebra. La cuestión es que aquella conversación, en que Melchor nos presentó, fue decisiva para que Baltasar, o Damascón, como se llamaba entonces, o Serakin, como se llamaría en los siguientes días, no prosiguiera el camino con sus sesenta compañeros de viaje.”

--Así que, después de todo, Melchor si era importante para Baltasar –interrumpió Noel--.

Gaspar no pudo evitar una sonrisa. Había omitido lo que él y Melchor estaban haciendo en Tiro y sabía que esa era la razón que atrapó a Baltasar, pero eso Noel aún no lo sabía. Como se sentía juguetón, y ya lo era mucho por naturaleza, saboreó un poco de su brandy antes de proseguir, pero con mucha lentitud… con deleite.

“No. Lo que hizo cambiar de opinión al gigante fue el juego de lupas de Babilonia, que habíamos juntado Melchor y yo, y que constituían, posiblemente, el mejor prototelescopio de la antigüedad. Tal vez no estuviéramos todo lo al norte que fuera de desear, pero, aún así, nuestro observatorio era el mejor posible para aquel fenómeno astronómico y los que estaban por venir.”

--¿Así aquella Nova no era la estrella de la Navidad?

--No, Santa. La estrella de la Navidad llevaba a Belén y aquella Nova nos hubiese dirigido hacia tu casa, en caso de que ya hubieses vivido por aquel entonces.

--¡Ya!

Ambos se tomaron un respiro y unos sorbos de sus respectivas copas.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Tres tipos con clase (II)


CAPÍTULO 2.

¿Quién tiene derecho a vivir para siempre? ¿Cuál es el precio de la inmortalidad? ¿Cuántas veces se puede morir? Todas esas preguntas estaban en las mentes de Papa Noel y los Reyes Magos, en todo momento, pero jamás se las hubieran llegado a plantear abiertamente antes de este suceso.

“Son muchos años” había dicho Noel cuando Baltasar perdió los estribos, pero que significaba realmente aquello. El hombre de rojo se había solidarizado con ellos y había venido a prestarles apoyo cuando lo necesitaban. Podían ser, en cierto modo, competidores, pero no encontrarían a nadie más que pudiera comprenderles. El hombro de “Santa Claus”, como le denominan los sajones, se había ofrecido a Gaspar y este no lo desaprovechó.

--Dos mil años.

--¿Cómo?

Y Gaspar empezó a relatar su historia.

“Hace unos dos mil años que nos conocimos en Antioquía del Tigris… Nisbis, creo que le llamaban también a la ciudad. Poco importa ahora.”

“Recuerdo que mi padre me mandó a la escuela de astronomía zoroastrista porque era la única que ofrecía conocimientos sobre otros tipos de saber que debía conocer un buen gobernante. Pero mis intereses se centraron en dos campos: la medicina y las mujeres. El último no era una buena elección porque los partos (habitantes principales de aquella parte de Persia) eran muy celosos con sus damas y, a la más mínima, te retaban a un duelo singular. La diferencia entre aquellos duelos y los que hoy conocemos, es que con un parto no había posibilidad de sobrevivir. Te montaban en un caballo a pelo, con un carcaj de cinco flechas y un arco de sabina. Ambos duelistas partían a un medio kilómetro de distancia desde ambos lados del campo de disputas y galopaban hasta tener un buen blanco uno del otro. Un buen parto, entrenado desde su infancia en aquellas lides, tenía bastante con la primera flecha para matar a su oponente. Los partos eran capaces de guiar y mantenerse, en su caballo a galope, sólo con sus piernas y, entre tanto, sus manos quedaban libres para manejar el arco y las flechas con una precisión espeluznante.”

“Yo sobreviví a uno de aquellos duelos imposibles atrapando las cinco flechas de mi rival con el brazo. Tres de ellas me lo atravesaron de lado a lado. Cuando lo tuve lo bastante cerca, use el arco como una porra. De un soberbio golpe lo desmonté y lo deje inconsciente. Tres días después, cuando se recuperó, me trajo a la dama fuente de la disputa y que resultó ser su criada. Costó hacerle entender a aquel jovenzuelo que cuando uno mira a una mujer bella no necesariamente quiere apoderarse de ella. Sin embargo, a pesar de su tozudez propia de aquellas tierras, hablamos y llegamos a entendernos.”

--Mi nombre es Appellicon y soy el hijo pequeño del Rha Minhart.

“Rha era el título del decano del centro de estudios zoroastrista”.

--Mi nombre es Amerín y soy el heredero de una corona sin nombre allá por las tierras de Armenía –le dije--.

--¿Armenia es esa tierra entre el Caspio y el Negro de donde nos llegan todos los metales?

--Sí. Y el reino de mi padre es el único que no posee ningún metal. Esa es su triste garantía de supervivencia, y por eso sus gobernantes tienen que aprender a ser sabios para seguir subsistiendo.

“Appellicon también estudiaba en el centro zoroastrista y, a pesar de su edad, era un alumno muy aventajado. En aquellos años apenas si se dejaba crecer una barba rala y juvenil que vi desarrollarse durante los cuatro años siguientes. Finalmente llegó el momento de volver a mi patria. Appellicon y su padre Minhart, a quien llegue a conocer bien y a valorar como hombre sabio, me dieron una formidable cena de despedida. Cena que también sirvió para despedir a mi amigo que marcharía, una semana después, para terminar sus estudios en Alejandría.”

“De tarde en tarde, durante los siguientes años, recibíamos una carta el uno del otro. Aún recuerdo cuando me hablo de las revueltas en su ciudad contra los romanos. Al principio no parecían cosa seria, pero cuando llegó la noticia de una guerra abierta entre los partos y Roma, comprendí que mi amigo y su familia podían estar en peligro, así que me puse en camino hacia Nisbis. Cuando llegué Roma ya había impartido la flor y nata de su Pax. No quedaba ningún edificio importante en pie, los de la escuela tampoco. Seguí la pista a la familia del Rha hasta Tiro, a orillas del Mare Nostrum. Encontrar a Melchor fue difícil porque había cambiado mucho su aspecto. Había vivido episodios terribles que ningún ser humano debía jamás llegar a conocer. Su pelo, incluida su, ahora magnífica, barba, se habían vuelto completamente blancos debido al sufrimiento. Además, su nombre ahora era Magalath. Era mucho más joven que yo, aún no había cumplido los treinta y ya parecía un anciano.”

En aquellos instantes, totalmente inmerso en la historia, Noel quiso saber algo que le intrigaba.

--¿Y cuando conocisteis a Baltasar?

lunes, 22 de diciembre de 2008

Soy rojo, ¿y qué?


Ya estamos metidos en esas fechas que unos aman y otros deploran, pero que a ningunos dejan indiferentes. Amor, consumismo, pesadez, amistad, jolgorio, tristeza… todo eso y mucho más se mezclan en un caldo… “navideño”.

Para hacer honor al caldo, a los galets, las pelotas, los rellenos… y todo lo que en cada lugar contenga ese caldo, voy a dejar a un lado la programación habitual para retomar los temidos cuentos navideños. Ya me siento un poco como el Crepy con un gorro de Papá Noel, así que ahí va el primero espero que no se os atraganten las navidades…

(Disculpen las molestias. Aquí debían aparecer unas terroríficas carcajadas de Vincent Price sacadas del “Thriller”, pero, por diversas causas, no ha sido posible).

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Soy rojo, ¿y qué?

No entiendo la razón de que se me relacione con la Coca-cola. Sí que es cierto que hace cien años mi traje era verde, no el verde fosforito de esos de Enema o anatema o como quiera que se llamen los de esa compañía de teléfonos, sino de verde Navidad… mi marca favorita. Al parecer los del refresco de cola me pintaron de rojo y ahora salgo a la calle de tan chillón color, pero eso a nadie le importó durante mucho tiempo. Recuerdan, los que a finales de los setenta ya estaban aquí, que entonces se hablara del origen de mi color. Bueno, entonces el tema era que me habían traído las películas americanas para jubilar a los Reyes Magos. Pero la lógica se impone tarde o temprano y como nadie puede aguantar a los niños tan alterados hasta el final de las fiestas, yo he sido la salvación, soltarles unos pocos regalos en Navidad alivia la tensión y tiene a esos mocosos distraídos el resto de las fiestas.
Sí, soy rojo ¿y qué? Qué importa el color cuando hablamos de ilusiones.
¿Un ser fantástico o imaginario? Díganselo a ese niño de cuatro años que me mira con los ojos como platos y se queda mudo al sentarlo en mi regazo. Y, después de todo, tan imaginarios como yo, son los reyes magos y miren las caras de esos angelitos en la cabalgata de cada año… ¿De verdad, los Reyes Magos, son seres de ficción?
Cuando los padres buscan con mimo y dedicación los juguetes por las tiendas, cuando en mitad de la noche envuelven los regalos y los colocan en el lugar convenido por cada familia, ya sea la noche de Reyes o la de Navidad, cuando la ilusión se desborda a la mañana siguiente abriendo los paquetes… ¿es una ficción? ¿Cómo puede llamar nadie ficción a la ilusión y al cariño?
“La Navidad es consumismo” gritan amargados aquellos que no pudieron o no supieron guardar esa ilusión. Consuma lo que usted quiera que yo me quedo con mi viejo caballo de cartón, le he puesto unas tiritas y envuelto con un lazo rojo y ahora es un antojo para quien aún disfrute de la Navidad. Ni más buenos, ni más malos, tan solo unas horas felices, si lo gasto porque lo gasto y si no lo gasto porque no. Lo que importa es ser felices y romper la monotonía aunque sea porque toca, cada cual a su manera, pero la ilusión es la fuerza suprema.
Durante ochenta años nadie se preguntó por mi color, sólo sabían que les hacía ilusión. ¿Quién gana con desenterrar el origen de mi traje?¿Tienen miedo de que digan que fue Ferrari o, tal vez… “Vodafon”… la “Xiveca”, “Moet-Chandon” o el rojo libro de Mao? Ochenta años ilusionados con el significado de Papa Noel y a nadie le importó mi color ¿Racismo contra la imaginación? A la vejez viruelas. Ni yo, ni los Reyes Magos, tenemos nada que ver con nada que no esté en las mentes y que por una noche… también está en los corazones.
Y ahora, dejad paso a mi trineo si no queréis estar en la lista de los malos.