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martes, 3 de febrero de 2009

Cómo tener la casa como un cerdo


Con motivo del cruce de meridiano en el libro de humor que estoy escribiendo (después de un año de trabajo he llegado a la página 80) voy a comentar algunos libros de humor que, por alguna razón, me han parecido peculiares e inspiradores.

El primero de ellos se titula “Como tener la Casa Como un Cerdo – Guía doméstica del perfecto soltero” de P.J. O’Rourke. Nunca he leído un libro tan hilarante y desternillante como ese. O’Rourke es un humorista medianamente conocido en EE.UU. Su humor es inteligente, cínico y, en ocasiones, algo payaso. Unas características con las que comulgo (es un decir) bastante, pero no así con sus otros valores políticos y económicos. Sí, el amigo O’Rourke es, a un tiempo, un buen amigo de la conocida web neoliberal “libertad digital” y de “liberales.com”. P.J. O’Rourke, además de libros de humor como el que ahora comentamos, también ha escrito libros de análisis económico de corte liberal, entre los que cabe destacar “The wealth of nations” que es una interpretación muy peculiar del libro del mismo título escrito por Adam Smith, el considerado padre de la economía y del que surge, como una interpretación peculiar, el movimiento económico liberal… pero este es un tema del que ya he hablado en otras ocasiones y sobre el que ya profundizaremos en otro momento.

Cuando en 1988 cayó en mis manos “Como tener la casa como un cerdo” de Ediciones Papagayo, pensé que sería un buen libro para desatascar mi cabeza de los monstruosos volúmenes que había leído en los meses anteriores (“Hawaii” de James A. Michener, “Shogun” de James Clavell, “Bizancio” de Ramón J. Sender y “Tropas del espacio” Robert A. Heinlein; no voy a explicar aquí cómo es posible que los recuerde). El libro, lejos de decepcionarme, se convirtió en uno de mis libros favoritos y siempre acudo a él cuando tengo un bajón anímico. Siempre salgo reconfortado.

El libro no escatima esfuerzos para alcanzar algo más que una simple sonrisa de sus lectores. De hecho, reprimir las carcajadas, es francamente difícil y si eres, como yo, de los que lee en los transportes público, puedes generar una pequeña conmoción en los mismos. Pero también puedes conseguir hacer amigos ya que, para evitar el enfado de los más susceptibles, no te quedará más remedio que mostrar los desmadrados párrafos que tanta gracia te hicieron. Personalmente vi reír a personas que, sólo unos segundos antes estaban casi dispuestas a pegarme.

El propio P.J. O’Rourke posa en algunas de las fotografías demostrativas que hay en el libro, pero lo que me convenció para su adquisición fue la curiosa presentación de la contraportada:

¡Cientos de trucos prácticos para tener la casa como un cerdo!

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¿Tiene dos metros de espesor la alfombra de tu salón? ¿Se te han deshecho los platos de cartón en el lavavajillas? Esta guía práctica y profusamente ilustrada te descubrirá los secretos de un arreglo de casa sin complicaciones: entre otras cosas, te enseñará a desatascar retretes (los petardos hacen maravillas), a limpiar (usa el gato para limpiar el polvo) y a lavar la ropa (un toque de desodorante deja los calcetines sucios como nuevos).

Y MUCHAS COSAS MÁS, entre ellas “Principios de decoración” (colores ideales para pintar: Ocre Grasiento o Gris Huella Dactilar), “Consejos de salud” (bebe de seis a ocho vasos de líquido al día: solo o con hielo) y “Normas para recibir en casa” (cenitas íntimas y enormes juergas etílicas).

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¡Guía doméstica del perfecto soltero!

Escucha lo que dicen las críticas:

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<<¿CÓMO PUEDES VIVIR ASÍ?>> --la madre de un amigo.

<<¡SI TE CREES QUE VOY A ANDAR LIMPIANDO DETRÁS DE TI, VAS LISTO!>> --la novia del autor.

<<¡AAAAAAAH! ¡HAY UNA COSA DENTRO DE LA NEVERA Y ESTÁ VIVA!>> --la ex novia del autor.

<<¡QUE PASADA!>> --la hermana pequeña del autor.

<<¿POR QUÉ NO TE MARCAS UNA MUDANZA, TÍO?>> --un amigo de un amigo.

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Un consejo final de belleza: si cae un ejemplar en vuestras manos no dudéis en abrirlo… quedareis atrapados en una red de humor desmadrado.

martes, 13 de enero de 2009

Política de aguas residuales


Dispositivo higiénico presentado en la Exposición Universal

Mientras preparo las siguientes partes de “El vampiro pragmático”, “Tres tipos con clase”, “Rafael Gutiérrez” y un par de historias más, seguiremos reagrupando blogs. Y en esto le ha llegado el turno al más importante, al que dedique más tiempo y cariño: “Mi literatura” (http://khamykhaze-juegodeletras.blogspot.com/).

Desde un puente sobre el Sena se encabezaba un blog con poco atractivo estético, pero en el que ubicaba cada uno de los relatos propios que más me gustaban. Aquellas historias, en su mayoría, eran de carácter humorístico, pero también deje escapar alguna narración de otros estilos. Como todos aquellos relatos tenían una personalidad propia, no los agruparé en bloques, como ya hice con otros blogs y hoy empezaré con aquel primer relato publicado el 7 de julio de 2007 (San Fermín).

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Política de aguas residuales.

Bueno, ya estoy aquí.

Disculpen la tardanza, pero tenía que cumplir con un ineludible designio político, una reivindicación de mi vejiga urinaria. Retrasar esa acción hubiera supuesto un doloroso aumento de esas reivindicaciones, justas por otra parte, hasta alcanzar, posiblemente, problemas para el estado... el estado de mi organismo.

Durante el proceso de expulsión, se han producido algunos problemas debido a la elevada profusión de residuos y la baja preparación de las canalizaciones naturales para ese fin. La cuestión es que se ha generado un perímetro de contaminación en las áreas adyacentes al depósito de residuos. De ahí parte mi retraso, pero para subsanar este problema, también se ha visto comprometido el presupuesto, además del gasto de agua en el vaciado de la cisterna, ahora hay que añadir la utilizada por el cubo y la fregona, pero es que además se deben incluir los desinfectantes (lejía) y los trapos para limpiado, aclarado y secado de superficies nobles; trapos que en ultimo termino han sido ubicados en el área para reciclaje que distingue los elementos a lavar, a noventa grados, cada mes.

Estamos de acuerdo en que demasiadas áreas de residuos no reciben ese trato privilegiado, pero nadie se siente a gusto entrando en esas áreas de desecho para aguas y lodos residuales donde es perceptible el olor de los contaminantes en descomposición.

También tenemos constancia de que en algunos países, como Alemania, se suelen evitar estos incidentes igualando los métodos de expulsión de residuos líquidos en hombres y mujeres, es decir, haciéndolo sentados. Pero imaginen el problema de aquello sobresaliendo y tocando por todas partes. Yo personalmente no lo considero una buena idea, además creo que esa es la causa de que la mayoría de alemanes varones, circuncidados o no, cojan hongos en la punta... amén de cosas peores y no el elevado consumo de cerveza, como he llegado a oír. Pero no nos salgamos del tema.

Nuestro país doméstico también cuenta con ciudadanos menores de edad que no cumplen adecuadamente con las tareas de mantenimiento, por ello debemos acomodar nuestro tiempo y presupuesto a suplir esas deficiencias.

En fin, no creo que haya mucho más, en la política de este tipo de residuos, que pueda contarles en estos momentos, si se me ocurriera algo más, no duden que se lo contaría debidamente.

¡Hasta pronto!

lunes, 22 de diciembre de 2008

Soy rojo, ¿y qué?


Ya estamos metidos en esas fechas que unos aman y otros deploran, pero que a ningunos dejan indiferentes. Amor, consumismo, pesadez, amistad, jolgorio, tristeza… todo eso y mucho más se mezclan en un caldo… “navideño”.

Para hacer honor al caldo, a los galets, las pelotas, los rellenos… y todo lo que en cada lugar contenga ese caldo, voy a dejar a un lado la programación habitual para retomar los temidos cuentos navideños. Ya me siento un poco como el Crepy con un gorro de Papá Noel, así que ahí va el primero espero que no se os atraganten las navidades…

(Disculpen las molestias. Aquí debían aparecer unas terroríficas carcajadas de Vincent Price sacadas del “Thriller”, pero, por diversas causas, no ha sido posible).

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Soy rojo, ¿y qué?

No entiendo la razón de que se me relacione con la Coca-cola. Sí que es cierto que hace cien años mi traje era verde, no el verde fosforito de esos de Enema o anatema o como quiera que se llamen los de esa compañía de teléfonos, sino de verde Navidad… mi marca favorita. Al parecer los del refresco de cola me pintaron de rojo y ahora salgo a la calle de tan chillón color, pero eso a nadie le importó durante mucho tiempo. Recuerdan, los que a finales de los setenta ya estaban aquí, que entonces se hablara del origen de mi color. Bueno, entonces el tema era que me habían traído las películas americanas para jubilar a los Reyes Magos. Pero la lógica se impone tarde o temprano y como nadie puede aguantar a los niños tan alterados hasta el final de las fiestas, yo he sido la salvación, soltarles unos pocos regalos en Navidad alivia la tensión y tiene a esos mocosos distraídos el resto de las fiestas.
Sí, soy rojo ¿y qué? Qué importa el color cuando hablamos de ilusiones.
¿Un ser fantástico o imaginario? Díganselo a ese niño de cuatro años que me mira con los ojos como platos y se queda mudo al sentarlo en mi regazo. Y, después de todo, tan imaginarios como yo, son los reyes magos y miren las caras de esos angelitos en la cabalgata de cada año… ¿De verdad, los Reyes Magos, son seres de ficción?
Cuando los padres buscan con mimo y dedicación los juguetes por las tiendas, cuando en mitad de la noche envuelven los regalos y los colocan en el lugar convenido por cada familia, ya sea la noche de Reyes o la de Navidad, cuando la ilusión se desborda a la mañana siguiente abriendo los paquetes… ¿es una ficción? ¿Cómo puede llamar nadie ficción a la ilusión y al cariño?
“La Navidad es consumismo” gritan amargados aquellos que no pudieron o no supieron guardar esa ilusión. Consuma lo que usted quiera que yo me quedo con mi viejo caballo de cartón, le he puesto unas tiritas y envuelto con un lazo rojo y ahora es un antojo para quien aún disfrute de la Navidad. Ni más buenos, ni más malos, tan solo unas horas felices, si lo gasto porque lo gasto y si no lo gasto porque no. Lo que importa es ser felices y romper la monotonía aunque sea porque toca, cada cual a su manera, pero la ilusión es la fuerza suprema.
Durante ochenta años nadie se preguntó por mi color, sólo sabían que les hacía ilusión. ¿Quién gana con desenterrar el origen de mi traje?¿Tienen miedo de que digan que fue Ferrari o, tal vez… “Vodafon”… la “Xiveca”, “Moet-Chandon” o el rojo libro de Mao? Ochenta años ilusionados con el significado de Papa Noel y a nadie le importó mi color ¿Racismo contra la imaginación? A la vejez viruelas. Ni yo, ni los Reyes Magos, tenemos nada que ver con nada que no esté en las mentes y que por una noche… también está en los corazones.
Y ahora, dejad paso a mi trineo si no queréis estar en la lista de los malos.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Rafael Gutiérrez


Hoy no tenía pensado publicar nada, pero he sabido que un amigo sí quería publicar un texto de humor, pero a última hora se ha encontrado con una trágica noticia que le ha impedido cumplir con sus deseos, por eso intentaré aportar la dosis de humor de la que hoy, la red, se iba a quedar privada.

Perdonad la longitud de la historia, no estaba pensada para el blog, además no está terminada, pero creo que en el punto que la dejo es lo bastante “terminativo”.

Dedicado a Bolzano, con cariño. Espero que os agrade y os haga sonreír.

Rafael Gutiérrez.

La fiebre llevaba varios días consumiéndole, pero no se podía dar por vencido. Eran ya cinco las jornadas que habían transcurrido con él encerrado en casa y aún más los que la enfermedad llevaba alimentándose de sus energías. Algo de tos, un poco de fiebre al anochecer y que un antipirético cualquiera calmaba y, lo que en un principio no era nada, a base de ignorarlo, se había tornado en la actual losa invalidante. Todo empezó por no querer rendirse a la enfermedad. No quiso ceder su vida a la sintomatología que quería advertirle de lo que podía llegar y al final llegó. Ahora se consumía entre “febrígenas” tiritonas que ningún remedio casero lograba calmar.

Maldijo el día en que cambió de casa para marchar a aquel lugar donde nadie le conocía. Maldijo el día de su jubilación, el de su divorcio y, de paso, el plato de fabada enlata que se comió el jueves y que, aún subía y bajaba en su interior, cinco días después. Y, cómo no, maldijo a la seguridad social porque le daba lo mismo dónde viviera, la respuesta siempre sería la misma: “venga a la consulta, el doctor no puede desplazarse hoy”. “Mierda de dinero tirado a la basura por una sanidad tercermundista”, se dijo.

En esas circunstancias, lo más fácil, era ver la sombra de la Parca a los pies de la cama afilando su guadaña. Pero, a sus sesenta y ocho años, su instinto de supervivencia permanecía intacto y no podía, ni quería, permitirse el lujo de morir. Tenía algo mejor que hacer: vivir. “Vivir de una puñetera vez”, como le gustaba repetir… al espejo. Porque el espejo era el único, que de unos meses a esta parte, estaba dispuesto a escucharle. La decisión de ir hasta el centro de salud estaba tomada. Sin embargo, cinco días totalmente postrado, no sólo le daban muy mal aspecto, eso era normal y admisible por su enfermedad, sino que también le producían un terrible olor… hedor… pestilencia. Y él no estaba dispuesto a que ninguna bruja cotilla y “destripamomias” le señalara con su mirada rapaz, para tacharle como el típico hombre que vive solo y no sabe ni limpiarse detrás de las orejas.

Después de un millón de maldiciones en el proceso de arrastrarse hasta la ducha, por fin llegó una bendición: la del día que decidió ponerse aquella carísima ducha de hidromasaje con asiento. En su estado, hubiera sido poco menos que imposible permanecer de pie durante todo el proceso.

La ducha, ropa limpia y un poco de colonia y, su aspecto de enfermo, quedaba algo más digno. Con respecto a su barba de una semana, poco se podía hacer. En su estado, de proceder a afeitarse, el resultado podía ser digno de una película de terror. Nunca adquirió una maquinilla eléctrica, pero hacía años que no se afeitaba con su navaja barbera, aún así, las maquinillas desechables aún eran una mala opción. Con todo, pensar en ello le hacía gracia, a pesar de la fiebre, o tal vez por ella. Recordaba como los anuncios de esos productos habían ido evolucionando y, daban por cierta la idea de que más hojas cortantes implicaban un mejor apurado. Así su imaginación desbordante le hacía pensar en la “nueva maquinilla Filomena con treinta hojas que le dejan el hueso de la mandíbula más suave”.

Si al principio le había sido difícil sostenerse erguido, con el paso de los minutos había logrado dominar ese arte. También eso le procuro una sonrisa de optimismo. Se imaginaba a sí mismo como un bebé dando sus primeros pasos. “¿Dónde se guardará ese día?”, se preguntó.

Salió al rellano de su escalera y el ascensor, como de costumbre, estaba abierto en el cuarto. Podía escuchar a la bruja de doña Emilia, una solterona de más de setenta años (por mucho que ella los negara) y a la que Dios había dado la lengua más resistente de la historia. Desde hace bastantes años, según le habían contado, siempre le acompañaba un perrito que utilizaba para capturar a sus víctimas bajo su muralla de palabras aburridas. Y, como es de imaginar, una vez uno es atrapado, es terriblemente difícil deshacerse del lazo dialéctico… perdón, “monologuético”; de una solterona aburrida y con la pretensión imposible de ser encantadora… o, tal vez, sea sólo puro sadismo por su parte.

Como en su estado no podía esperar a que doña Emilia rematara a su pieza, ni tampoco darse el lujo de bajar dos pisos, más el principal, andando, optó por golpear la puerta metálica del ascensor. La susodicha gritó “¡ya va!” varias veces y, al poco, el ascensor estaba en su planta, pero con lo que se le antojó una jauría de hienas dispuestas a despedazarlo: doña Emilia y su chucho faldero.

--¿Tiene mucha prisa señor Gutiérrez?

--No señora, es que disfruto incordiando a los vecinos.

Tan pronto lo hubo dicho, Rafael Gutiérrez se arrepintió de haber abierto la boca. Cuando uno no tiene ganas de hablar, ni de escuchar como habla esto, lo último que debe hacer es lanzar una puya a doña Emilia.

--Me alegro de tener vecinos con tan buen humor. Por cierto, ¿se está dejando la barba? ¿Sabe una cosa? Precisamente hace un par de días, la señora Solá, la del cuarto segunda, me decía lo atractivo que era usted y lo elegante que iba siempre ¿No sé qué dirá de su barba? Claro que…

(NOTA DEL TRANSCRIPTOR: Los signos de puntuación en este diálogo son una cortesía mía, porque la señora Emilia no necesita tomar aire y habla a velocidades que superan la capacidad humana habitual).

Bla, bla, bla… la muralla de palabras aburridas se había desplomado sobre el pobre Rafael y estaba a punto de aplastarle. Que su maldito chucho no parara de hurgarle la entrepierna con el hocico, era una menudencia frente al terrorismo neural de su ama. Así que, tan pronto se abrió la puerta automática de la cabina, Rafael hizo uso de todas sus energía para escapar a aquel abrazo ofídico de palabras.

--¿Dónde va señor Gutiérrez? ¿Ha dicho algo? ¿Adiós? ¿Señor Gutiérrez…?

Doña Emilia era uno de los puntos negros de su domicilio, pero, la proximidad del ambulatorio de la seguridad social, era un punto positivo del que ahora se alegraba.

Antes de que le recibiera el médico de guardia, tuvo que esperar cerca de dos horas. En ese tiempo, la fiebre subió de nuevo. Así, cuando le llamó la enfermera, estaba medio transpuesto y apenas pudo hacerse notar. De hecho lo hubiesen dado por ausente de no crear una gran impresión a todos los presentes. Fue al intentar levantarse de forma precipitada que su cuerpo dijo no. Entre varios le ayudaron a levantarse, incluso el doctor salió de su habitáculo para atenderlo. Su estado volvía a ser “sensiblemente lamentable”. Por eso, veinte minutos después, recuperó la totalidad del conocimiento en una ambulancia y camino del hospital. Un lugar donde podrían hacerle una exploración de urgencia con la adecuada profundidad.

viernes, 31 de octubre de 2008

El amanecer de un nuevo año

El amanecer de un nuevo año.

2007 fue un año de trabajo frenético e ilusiones que en algún momento se reflejaron en el blog. Sobre todo cuando hacia el mes de abril nos reunimos once escritores para iniciar el proyecto de un libro: “11”. Pero no vamos a adelantarnos tanto porque el mes de Enero fue uno de los más provechosos en la historia del blog, cuatro relatos breves y un artículo sobre el “mobbing” laboral extraído del Ministerio del Trabajo y Asuntos Sociales.

Como pienso que realmente valen la pena, traspasaré a este blog lo citados relatos.

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El goleador

Mi padre me lo decía siempre. “No confíes en lo que tus dos piernas, por si solas, puedan hacer por ti; asegura tu vida con una buena carrera universitaria”. De hecho, empecé a estudiar ciencias económicas, pero cuando, con diecinueve primaveras, la Unión Deportiva me hizo mi primer contrato profesional, perdí el interés por los estudios. A partir de aquel instante mi carrera futbolística fue a más, con más de veinte goles por temporada.

Hace dos temporadas, me fichó mi actual equipo de primera división. Con mis inmejorables estadísticas y mi notable técnica, parecía que me comería el mundo, pero llevo siete partidos sin marcar y el público me está silbando, piden mi cambio al entrenador.

¡Ostras!... Luismi se ha escapado por la banda y voy a buscar un buen desmarque… ¿Por qué no me pasa ahora?... Otro regate, aprovecharé para hacer la diagonal al revés… ¡No!... me la ha pasado al espacio por mi espalda y se la lleva el defensa…

Ahora el público me grita. No creo que el mister tarde mucho en hacerles caso y me sustituya. Después de esto me dejará en el banquillo toda la temporada. Se acabó mi carrera futbolística.

¡Cielos!... sus centrocampistas andan lentos y le han dejado un balón muy largo a su líbero, voy a ver si llego antes que él… Voy a lograrlo, pero… se tira hacia mí con las dos piernas por delante y no puedo esquivarlo…

--¡Ay!

Me he comido la hierba. Espero que no me haya roto nada. Sólo me falta una lesión ahora.

Ya está Manu, el masajista, conmigo y me anima. No es nada, me dice. Se reanuda el partido conmigo fuera. Me limpian las marcas, que han dejado en mi piel, los tacos del defensa, y pido volver a entrar en el campo.

Faltan quince minutos para acabar el partido, vamos cero a cero y el mister no me ha sustituido, también parece que el público, desde la tarascada anterior, no se ha vuelto a meter conmigo.

Creo que, cuando termine el partido, llamaré a la universidad para volver a matricularme. Siempre se está a tiempo para volver a estudiar, tal vez haya perdido un poco de práctica, pero con buena voluntad…

¡Caramba!... Ramiro ha robado el balón en línea media… a correr… ¿Qué hace?... me lo pasa por en medio de los dos centrales… ¡Allá voy! Noto las botas de ambos defensas sobre mis piernas, pero aguanto el balón porque aún no he entrado en el área. El portero sale y está a punto de echárseme encima. Me ha comido el espacio que necesito para levantarle, el esférico, por encima, así que con el margen menguante que me queda golpeo ligeramente con el exterior del pie. Sobrepaso al portero… da en el poste y… ¡¡¡Gol!!!

Todos me abrazan y el público corea mi nombre. Creo que dejaré lo de llamar a la universidad para otro día.

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La Santa Madre Banca.

19 enero

La santa madre banca

Hoy la banca es la dueña de tu vida... bueno... y de la mía. Hoy la gente ya no se casa, hace hipotecas que son más contundentes. En los juzgados te casabas hasta que el divorcio os separaba, en la iglesia se alargaba hasta la muerte, pero con las hipotecas a 50 y 100 años llegan las uniones por generaciones, es decir que quedáis unidos hasta que tus tataranietos pagan el último plazo de tu “pisito” de 30 metros.

Tu vida, desde que naces, está marcada por el banquero de turno. Hoy las parejas ya no deciden su vida en una consulta de planificación familiar, lo hacen, si tienen alcurnia suficiente, en el despacho del director de su agencia bancaria. Si la alcurnia es menor ya sirve el subdirector y los de clase baja directamente en ventanilla.

Las bodas de hoy no tienen grandes banquetes, pero no están exentas del boato que daba la iglesia.

Señoras y señores.

Nos hemos reunido en mi oficina para unir a esta pareja en una cómoda hipoteca a setecientos años.

Inmaculada García Prieto quieres firmar esta hipoteca junto a tu pareja y sobre la línea de puntos.

Jacinto Ubiña Cantalejo quieres firmar a continuación.

El seguro y las primas también, ¡por favor!

Si alguno de los avalistas aquí presentes tiene algo que objetar, que objete ahora y si no que firme en el recuadro anterior.

Ahora, si las han traído, pueden ponerse, los hipotecarios, las argollas con piedras en el cuello.

...

Por el poder que me confiere la banca española, yo os declaro hipotecario e hipotecaria...

Inmaculada y Jacinto tuvieron suerte y un día les tocó la lotería, pudieron pagar lo que les restaba de hipoteca y el piso fue suyo, pero eran demasiado viejos y debían recluirse en un asilo pues no podían valerse por sí mismos. El banco, pensando sólo en ellos, les hizo una hipoteca inversa con la que pagar la manutención de sus últimos días, mientras el piso pasaba nuevamente a poder de la entidad bancaria.

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¡Pikachu! ¡Te elijo a ti!

Cuando estoy algo agotado del mundo, cuando no puedo más con mi alma, me oculto en ese último reducto espiritual dónde entrar en comunión con mi esencia y la esencia del mundo. Ese lugar es mi gran orgullo: mi biblioteca (el “mi” es más bien el nuestro, pero para el caso ya está bien). Mi biblioteca es el lugar perfecto para dejar que las horas duerman. Allí reposan los libros de mi vida, los cuentos de mi infancia, las novelas que me hicieron soñar y todo un mar de libros técnicos que, en más de una ocasión, me han sacado de un apuro. Tampoco podía ubicarlo en otro lugar, pero, sin duda, aquel era el mejor para instalar mi primer ordenador. Hoy ya son tres en red y conectados por banda ancha a Internet. De cualquier manera, no son ellos la estrella, pues yo sigo disfrutando con el tacto del papel en las yemas de mis dedos.

Es la biblioteca de mi casa su centro neurálgico. Los libros son sus células de vida que reposan, en ocasiones mal apilados, en las estanterías. Miles de papelitos marcan puntos entre las páginas. Son el reducto de consultas antiguas, de buenas ideas que esperan recuperar su camino. Muchas novelas también lucen esas banderolas y es que pocas veces las leo de un tirón. Por lo general, todos los libros se empiezan y se leen poco a poco, en función del humor de su lector. Caótica costumbre que me permite tener empezados más de veinte libros. Este, casi vicio, hace tiempo, me impedía acabar los libros que empezaba, pero hoy los termino a la velocidad en que realmente leo. En noviembre solo acabé un libro, tres en diciembre, pero en semana santa acabé siete. Algunos libros han llevado empezados varios años. Un libro es un proyecto a largo plazo, tanto en la lectura como en la escritura. De esta forma puedes perder detalles en el pasado, pero la combinación con otros textos, otras lecturas, pueden enriquecer los matices en el futuro. La anarquía también exige su tributo y, en ocasiones, me veo obligado a abandonar algunas lecturas, como algunos escritos, que no pueden superar el listón de lo esperado… ¿tiempo perdido?... más tiempo hubiera podido perder de proseguir con aquello que no me satisface y nada me aporta.

Mi biblioteca es un lugar de culto. En ella pasamos las horas toda la familia. En el suelo viven desparramados los juguetes de mi hijo. En las mesas, el sobremesa antiguo se debate entre las manos de mi esposa y en el nuevo, la imagen de una red privada me entrega un extraño cursillo. Y entre tanto, los libros entran y salen de las estanterías acompañados de nuestras manos, pero con una vida propia.

Sólo encuentro a faltar, una luz tenue y un sillón de orejas donde reposar, con un tomo entre mis manos. Pero no hay sitio para tanto y el funcional fluorescente del techo cumple a la perfección con la tarea encomendada.

--Papá, ¿si hubiera otro big-bang desaparecería el Universo?

--El big-bang fue el origen…

--¡Papá!… no te he preguntado eso.

--¿Dónde se supone que sería ese otro big-bang?

--En el Universo.

--¿No crees que si el big-bang ya fue el origen del Universo no podía existir este antes?

--Pero pudo existir otro y comérselo el big-bang.

--No tenemos constancia… residuos… de ese otro Universo.

--¿Tú no me hablas siempre del Universo muelle?

--Sí, pero ese Universo no es eliminado por el big-bang, sino por el big-crash. El colapso de un Universo previo en un súper-agujero negro que es, a su vez, el origen del huevo cósmico.

--Y eso cómo lo demuestras.

--De momento no se puede. Hoy por hoy sólo conocemos la historia del Universo desde una millonésima de segundo después de la gran explosión. Lo que existía antes, el balón, la pelota, el huevo cósmico, es una teoría sin evidencias suficientes y, por tanto, todo lo que se imagine antes es posible mientras encaje con el después.

--Así, si hubiera otro big-bang… ¿destruiría el Universo?

Afortunadamente, esta no es una conversación habitual. Mi hijo prefiere monologar y su tema favorito que es Super Mario. Por suerte, en estos momentos, está leyendo la enciclopedia de los Pokemon, me veo venir una andanada de preguntas, menos mal que este tema si lo domino…

--¡Pikachu! ¡Te elijo a ti!

Y es que en mi biblioteca… en nuestra biblioteca, caben todos los Universos, los reales y los de fantasía. Es el lugar de nuestra casa dónde mora nuestro espíritu y nuestra alegría.

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ZOOFILIA EN TRES TIEMPOS.

Zoofilia en el ascensor

Entras en el vestíbulo de la escalera y el vecino del cuarto, junto a su perro, te espera con la puerta del ascensor abierta.
¿Será cosa de amabilidad?
--¿Sube?
--¡No gracias! En la actualidad no practico la zoofilia.
Y es que todos los perros hacen lo mismo. Nada más verse en el pequeño habitáculo de la cabina a meter su hocico húmedo en la entrepierna del extraño..
Nunca sabes si quiere arrancarte de un bocado tus partes nobles o hacerte una mamada. En cualquier caso no me apetece y tampoco siento deseos de que me toquetee ahí con su hocico.
Cuanto nos quejaríamos de una acción así realizada por otro humano. Lo consideraríamos una agresión sexual, pero nadie denuncia al perro, ni al dueño por esa humillación, ni tan siquiera cuando le vemos sonreír solapadamente (al dueño, no al perro, aunque a veces cueste diferenciarlos). No serán verdaderos pervertidos esos vecinos que te invitan a compartir esos instantes de intimidad en el ascensor con su can.
En cualquier caso digo: ¡NO!. No practicaré la zoofilia en un ascensor ni dejaré que su perro viole mis zonas íntimas.

Respuesta de su vecino del cuarto

¡Hola!
Soy su vecino del cuarto y, antes de que diga nada, sepa que mi perro tiene todas las vacunas. Incluso está vacunado contra la gripe aviar. Y, sinceramente, yo soy el primero que no quiere que mi Chuchy vaya chupando cosas extrañas por ahí.
Sepan todos que mi perro está entrenado para vivir con humanos verdaderamente humanos como lo somos sus dueños y que si reacciona así en el ascensor es, o bien porque usted no se cambia de ropa interior ni los domingos o porque habrá estado haciendo cochinadas por ahí.
Ya va siendo hora de que pongamos un poco de limite a esos que llamamos humanos y luego tienen más parecido con los padres de los jamones.
Y ojito con criticar los excrementos de mi perro, que después de todo, con los impuestos que llegamos a pagar, ya va siendo hora de que los pipicanes estén limpios.
Atentamente el dueño del guapísimo y reguapísimo Chuchy y también vecino del cuarto.

El retorno del vecino del cuarto

Ayer entré en mi escalera y me encontré a mi vecino del cuarto dialogando con su Chuchy. El dueño le hablaba de política ficción (todo es ficción lo que dice ese hombre) y el perrazo sentado, meneaba la cola y sacaba la lengua.
Cuando pase junto ellos el perro ladró y el dueño gruñó… o tal vez fuera al revés. No lo sé y tampoco me paré para averiguarlo, tiré escaleras arriba no fuera que me acompañarán en el ascensor. Yo llegaba cansado del trabajo y no tenía ganas de relaciones sexuales.
Al llegar a casa, y pretender hacerme la cena, descubrí varios bistecs apestando mi nevera, los tiré a la basura, pero enseguida me di cuenta de que eso apestaría toda la casa, así que vacié todas las papeleras de la casa en el cubo principal, cerré la bolsa de basura y bajé a tirarla.
Al salir por el vestíbulo, el Chuchy estaba de pie hablando de la Pantoja y el dueño sentado, moviendo la cola y sacando la lengua. De nuevo el perro gruñó o ladró o… bueno oí un gruñido y un ladrido y los dos movieron la boca.
Cuando volví ya estaban en los preliminares. Subí corriendo las escaleras, no estaba para tríos. Entré en casa y atranqué la puerta.
Y ahora no me atrevo a salir de casa.

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Bueno espero que sea de vuestro agrado y que tengáis bastante para todo el fin de semana.

Un abrazo de… Teletubbi…