domingo, 26 de julio de 2026

La llave perdida

 

A esta llave no le gustan las cárceles. Cuando las fabrican lo hacen pensando que han de abrir y cerrar miles de veces una misma cerradura, una misma puerta... ¿una misma cárcel?

Pero a esta llave la hicieron con hierro dulce, no le gustan las cárceles y aunque durante un tiempo hizo su trabajo sin rechistar, el estar abrazada y a un tiempo prisionera en la fría argolla del llavero, fue más de lo que podía soportar. Desde el día en que fue encerrada en aquella anilla, con otras ocho llaves como compañeras de presidio, ya tuvo una mal relación con su carcelera. Su orificio era pequeño para el rudo aro y las fricciones entre ambos fueron habituales hasta casi hacer saltar chispas. Mucho sufrió la presa, pero también sufrió el carcelero que vio saltar su cromado y asomar a la intemperie su vil metal, aquel cobre que algunos confundían con dinero. Así que, el día que la llave se fugó, fue un descanso para aquel llavero. Y, entre tanto, ahí duerme la llave, encima de una piedra y a un paso del camino en el que se despidió de su oficio.

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